Un Internado donde nada es lo que parece. Dos jóvenes atraídos por una fuerza magnética. Un secreto oscuro y peligroso. Y una única certeza: entregarse al amor es jugar con fuego...
 
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 Recuerdos que duelen

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Edhelgrim
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MensajeTema: Recuerdos que duelen   Miér Jul 23, 2008 6:51 pm

Hace poco comencé a escribir un libro, a raíz de un sueño que tuve. Lo he cambido bastante desde lo principal, pero lo importante es que creo que lo voy a terminar en no mucho tiempo. Voy a poner el prefacio que, aunque autores como Sthephenie Meyer nos tengan acosumbrados a que la información que se da en el prefacio pertenezca a la acción final del libro, el mío es simplemente la introducción, el comienzo del resto de la historia, lo que le da impulso para que ocurra todo.
Espero que os guste, aunque es muy breve:

PREFACIO
-Nunca debí irme – pensaba en mi fuero interno mientras la incertidumbre avanzaba en medio de la noche.
Los caballos eran suceptibles a cualquier movimiento nuestro, a cualquier ruido que interrumpiese el silencio que reinaba. El sonido del aire entre las hojas, resquebrajarse una rama vieja, el rumoe de pisadas (que no sabíamos si eran nuestras o de otros). Por fin, lo que esperábamos: sonidos de acero, el desenvainar la espada y ya estábamos rodeados. Espectros negros que se mezclan con la oscuridad, miradas claras que centellean en lo negro. Y nosotros apiñándonos poco a poco. Los otros se acercaban, cerrando el círculo. El miedo me recorrió el espinazo en un segundo, dejándome petrificada.
-No os separeis – logré oir nítidamente a uno de los nuestros -. Seguid en guardia.
Las miradas glaucas de los otros clavándose en nuestros ojos asustados. Los caballos encabritados con el centellear del reflejo de la luna en los aceros. ¿El fin?

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Miér Jul 23, 2008 8:32 pm

pos el prefacio me encanta asi k... ya tardas en poner mas Very Happy
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Netzara
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Jue Jul 24, 2008 1:16 am

...el fin... espero que no, pq la cosa promete.

Netzara
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Edhelgrim
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Jue Jul 24, 2008 1:46 pm

Me alegro de que os guste. La verdad es que el prefacio lo escribí en uno de esos momentos que dice Netzara en otro hilo. Así es que me preocupa de veras el que el resto de la historia no esté a la altura, aunque claro que hay bastantes cosas sacadas de momentos así. Ahí va el primer capítulo. Es mucho más largo que el prefacio. Espero que no se os haga muy pesado.
I – Noverim

Empecé a oir voces a mi alrededor, sin distinguir ninguna conocida. Mis ojos permanecían cerados mientras intentaba recordar lo sucedido. Me dolía la cabeza. El recuerdo de un golpe. Creo que alguien me tendió una emboscada. Debo estar muerta, pienso. “Si esto es la muerte es demasiado cómodo, la verdad, aunque aún no me explico el dolor de cabeza”. Intenté moverme y abrir los ojos. Al fin, algo de claridad. “Esto no se parece en nada a lo último que recuerdo. Yo estaba en un bosque y esto lo más parecido que tiene es el suave aroma que entra por la ventana”.
Era una habitación bastante amplia. Mobiliario lujoso, un amplio balcón con sus ventanas abiertas daba luz a la estancia. Intenté incorporarme y una de las voces de antes, una voz femenina, volvió a hablar.
-Por fin se despierta.
Se acercó a mi. Era una mujer joven, muy rubia y de tez pálida que vestía ropas de seda en colores pastel: blanco y rosa. Me ayudó a incorporarme en el lecho, apoyándome sobre un mullido almohadón.
-¿Dónde estoy? - logré preguntar.
-Pobrecilla – dijo la mujer -, debiste sufrir un fuerte impacto. Estás en Noverim. Mi hermano Evarion te encontró en el bosque que linda con el castillo.
-¿Castillo?
-Sí, estás en el castillo del reino. Ahora eres nuestra huesped. Yo me llamo Esmeralda y soy la hija del rey. Si necesitas cualquier cosa, no dudes en pedírmela. No es necesario que correspondas ahora con presentaciones, debes descansar y reponer fuerzas. Cuando Evarion te trajo tenías signos de no haber descansado en días – encima de la mesilla había una bandeja con comida, lo cual me recordó que tenía un hambre terrible. Me fijé en sus ojos, y al hacerlo caí en la cuenta de su nombre: eran exactos a esmeraldas.
-Yo me llamo Íobrel. Viajaba camino al sur. Provengo de un pueblo del norte – mientras habalaba caí en la cuenta de que no era conveniente hablar demasiado, aunque no recordase gran cosa -. La verdad es que no me acuerdo de mucho. Creo que necesitaré tiempo para ir recreando lo sucedido y asimilarlo.
Esmeralda me dedicó una sonrisa piadosa.
-No importa, ahora lo principal es que te recuperes. Come un poco y vístete. Creo que ese vestido te irá bien – dijo señalando las ropas que había sobre la silla del tocador. -Yo iré a decirle a mi hermano que ya has despertado. Está ansioso por conocerte.
Intenté sonreir lo más convincentemente que pude mientras ella se iba con una permanente sonrisa perfecta en los labios. Al cerrarse la puerta detrás del vestido de seda blanco y rosa me incorporé algo más, hasta alcanzar la comida que había encima de la mesilla, sobre una bandeja de madeta con un engarzado en plata en el centro. Deduje que debía ser algo así como el escudo familiar.
Cuando me sentí totalmente satisfecha y reuní fuerzas me dispuse a comprobar la movilidad de mis piernas. Para mi sorpresa me mantuvieron en pie, incluso me permitían andar. Me percaté de que vestía un camisón blanco que me llegaba un poco más abajo de las rodillas. Me topé con mi imagen en el espejo: mi aspecto no era tan malo como me había figurado. Me paré a inspeccionar la habitación. Todo estaba meticulosamente ordenado, incluso mi ropa de viaje – ahora limpísima – estaba junto a mis pertenencias sore un sillón que había al lado del balcón formando con otro sillón igual y una pequeña mesa un saloncito separado del resto de la habitación por un biombo. Me puse el vestido que había encima de la silla del tocador. Me quedaba bien, justo como había previsto Esmeralda. Apenas hizo falta que me atusase el pelo, a excepción de algunos mechones castaños que se empeñaban en no quedarse en su sitio. Miré el aspecto final con excrutinio en el espejo. Estaba más delgada, pero no en exceso. Por primera vez en días las ojeras que se habían acomodado bajo mis ojos azules habían desaparecido. Me dispuse a alisar cualquier arruga del vestido azul con mangas de gasa blanca – hubiese apostado cualquier cosa a que el vestido había pertenecido a Esmeralda en otro tiempo -, hasta que alguien viniese. Para mi asombro había un par de libros sobre el tocador. Supuse que a la princesa le gustaba la lectura y recrearse e ese tipo de historias.
Toc, toc. Un par de golpes en la puerta seguidos de mi sobresalto y una voz masculina preguntando si podía pasar. Pronuncié una respuesta afirmativa mientras procuraba no parecer nerviosa, o no demasiado, a la entrada de mi visitante. Se acercó a mí antes de que yo pudiese reaccionar. Se parecía asombrosamente a Esmeralda, sólo que éste tenía el pelo de un color más oscuro y sus ojos fusionaban el verde con el color oro formando una mezcla extraña. Era bastante alto, me sacaba una cabeza y meida, según pude comprobar a bote pronto.
-Soy Evarion – se presentó y me tendió la mano. Se la estreché.
-Yo me llamo Íobrel – articulé en cuanto me fue posible.
-Encantado de poder hablar al fin contigo. Llevas aquí desde ayer. Te encontré en el bosque inconsciente – no me daba tiempo a reaccionar ni a intercalar palabras entre las suyas ante la información que me estaba dando -, en un principio creí que estabas muerta. Pero no. Te traje aquí y mi hermana se empeñó en cuidarte personalmente. Me alegro de que por fin estés recuperada.
-Gracias – musité -, gracias por todo.
Parecía sorprendido. Por alguna extraña razón no se esperaba que yo tuviese ese comportamiendo. Podía ser unos cinco años mayor que yo, lo que le situaba entre los veintidós y los veintrés años. El pelo le caía a mechones sobre la frente, desordenado, y no vestía como un príncipe que era. Me miraba cuidadosamente, como si quisiera saberlo todo de mi con tan sólo mirarme. Resultaba un tanto irónico.
-Oh, no hay de que – agregó, algo ausente. Miró la puerta de reojo y, de repente, pareció despertar de su sueño -. ¿Quieres dar un paseo? Así te enseño el castillo y...
Supuse que no sabía como continuar, que se le acababan los pretextos para disimular que quería respuestas, de manera que cedí. Salimos de la habitación. El resto del castillo era muy similar a ella, de manera que fuimos al jardín. Hasta ese momento Evarion había estado pensando en las preguntas, en lo que quería contarme y en lo que no, en lo que quería oir.
Al principio me resultaba un tanto raro ese don mío – por llamarlo de alguna manera – que me hacía conocer a la gente del primer vistazo. Desde el principio supe que Evarion no quería estar allí, que tenía ansia de más, no limitarse a aquellas cuatro paredes que rodeaban su reino (el de su padre aún) haciendo las veces de muralla. También supe del afán de perfeccionismo de Esmeralda y que a veces podía resultar insportable incluso para ella misma. Esmeralda tenía muchísima más paciencia que su hermano, pese a todo, y éste siempre andaba con una imperiosa necesidad de saber acerca de todo. Por eso preguntaba tando, llegando a hastiar a cualquiera.
-Llevabas armas – dijo al fin -, ¿eso significa que viajabas sola?
-Sí – admití.
-Es peligroso.
-Sí – parecía descolocarle mi respuesta, que se le habían roto los esquemas sobre mí, de manera que se quedó callado un momento.
-¿De dónde vienes?
-Sin duda Esmeralda ya se lo había contado y él quería verificar la información, así es que le conté lo mismo que ella. Añadí algo más a la respuesta:
-Me desplazaba al sur para reunirme con unos familiares.
-Entiendo – por el tono de su voz supe que el interrogatorio no había terminado -. ¿Tienes idea de quién te tendió la emboscada?
-No – dije algo confusa. ¿Cómo sabía él que había sido una emboscada?
-Sé que fue una emboscada porque ts armas estaban desenvainadas.
Me quedé un tanto sorprendida al ver que él respondía a mi pregunta sin yo formularla. ¿De nuevo una ironía? No podía ser que él pudiese tener el mismo don, lo hubiese notado.
-Por cierto, tu caballo está en las caballerizas.
-¡Mi caballo! - no me había vuelto a acordar de él.
Me condujo hasta allí y abrió la puerta con cuidado. Echó una ojeada dentro y me indicó que pasase. Al fondo estaba mi caballo, un corcel marrón con largas crines del mismo coor. Me acerqué a él- El caballo me reconoció. Evarion se quedó a prudente distancia, como dejándonos al caballo y a mí intimidad. Le acaricié la cabeza y le susurré al oído. Nos iríamos pronto, allí no se nos había perdido nada, así es que más le valía no acostumbrarse a los placeres del castillo. Finalmente me di la vuelta. Evarion estaba recostado en una viga de madera que servía para sostener el tejado y separar los compartimentos de cada caballo. Sonreía. Supongo que no se esperaba que fuese a susurrarle al caballo. Tampoco me importaba lo que pensase él.
Empecé a caminar hacia la puerta, haciendo que él me siguiera.
-¿Ya has terminado de hablar con tu caballo?
-Sí – respondí, dándole poca importancia a la manera burlesca con que había preguntado.
Caminamos por los jardines del castillo entre el ir y venir de los sirvientes y campesinos que parecían no reparar en mi presencia. De repente vislumbré el vestido de seda blanco y rosa de Esmeralda moviéndose al compñas de sus firmes pasos, al igual que su rizado pelo rubio.
-Evarion, ve a arreglarte ahora mismo y no entretengas más a Íobrel. Tengo que presentarle a mamá y papá... De verdad que no comprendo ese afán tuyo por hacer todo al revés – dijo ella mirándole de arriba a abajo -. Si eres un príncipe procura no parecer un campesino.
Él suspiró y puso los ojos en blanco, como si le hastiase oir eso, como si fuese una lección que se sabía de memoria y no quisiera recordar.
-De vez en cuando no te vendria mal un poco de vida humilde – Esmeralda empezaba a salirse de sus casillas e iba a hablar cuando su hermano la paró con una sonora risotada -. Ya voy a cumplir sus órdenes, mi señora.
Me cogió de la mano y me condujo hasta una enorme puerta de madera mientras Evarion se alejaba. Allí nos paramos. Me miró de arriba a abajo. Pareció complacerle mi aspecto.
-Tranquila – parecía hablar más para ella que para mí -. Ya sé que a veces eñ tener este estatus social y cumplir con sus normas puede ser un poco pesado, pero te acabas acostumbrando y... En fin, a veces un rey no es lo que parece, o lo que dicen. Ya verás como te llevas bien con ellos.
Esmeralda no me parecía mala, simplemente quería hacer su cometido lo mejor podible. Quizás su hermano tenía razón y debiese pasar una temporada humildemente, pero no sería ella. Tocó la puerta tres veces y después giró el pomo. Me indicó que entrase y yo obedecí pensando que ella iría detrás de mí. Estaba ya dentro cuando oí el sonido de la puerta derrarse.
Allí estaban, ante mis ojos, los reyes de Noverim. Eran mucho más jóvenes de lo que habría imaginado, bellísimos. Vestían de manera elegante, pero no ostentosamente. La reina era de un rubio resplandeciente y tez pálida. Su mirada transmitía confianza y tranquilidad acompañándose por una sonrisa en sus rosados labios. Por el contrario, el rey era de tez y cabellos más morenos. El pelo marrón, casi negro, daba señales de envejecimiento. Calculé que podían rondar los cincuenta años, quizás menos. Ambos lucían finísimas coronas de plata con una joya de color verde engarzada en el centro. Hacía juego esta joya con los ojos de los reyes, y esto me hizo asemejarles a sus hijos. La reina, dirigiéndome una gentil sonrisa me indicó que me sentase a su lado, en un sillón que había junto al escritorio en que estaba trabajando antes de mi llegada. Deduje que esa sala era la destinada para trabajar en los asuntos administrativos del reino porque estaba llena de pergaminos y libros que contenían sumas de dinero y leyes (por los que pude ver abiertos).
-Así es que eres Íobrel – afirmó el rey, como para cerciorarse de que la información de que disponía era correcta.
Yo asentí una vez con la cabeza.
-¿Estás ya recuperada, querida? - oí por boca de la reina.
-Sí, mi señora. Y quisiera agradecerles que me hayan acogido y tratado tan bien.
-Es un placer poder ayudar – expresó ella.
-Quédate el tiempo que precises – ofreció el rey.
-Me iré pronto, he de concluir un viaje.
En ese momento la puerta se abrió tras otros tres golpes. Por ella apareció Evarion. Se había acicalado algo, aunque seguía con el pelo revuelto. Ahora se asemejaba más a la figura de un príncipe. Ropas de seda con bordados de oro. No parecía conforme con su atuendo.
-Hijo – dijo el rey -, han llegado noticias de Nombadur, dicen que hay una revuelta a la altura del río. Unos forasteros quieren invadir la aldea, pero nuestros soldados los retienen. Haz lo que debas.
-Sí, padre – Evarion asintió, obedeciendo como si fuese un soldado más.
Dicho esto dirigió una mirada a su madre, que le observaba con sus ojos verdes con signos de preocupación indicándole que tuviese cuidado. Antes de cerrar la puerta pareció lanzar una mirada en mi dirección. No estoy segura de que fuese así, pero parecía advertirme de algo con aquella mirada de colores imposibles.

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Jue Jul 24, 2008 6:22 pm

Parecerá largo, pero te aseguro que se me ha hecho corto.
Hay que ver que bien escribes.
Me encanta. Sabes, tengo una prima con los ojos como Evarion... pero casi que preferiria ver los de éste.
Besos

Netzie
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Vie Jul 25, 2008 1:02 am

Embarassed Embarassed Gracias, Netzie, hago lo que puedo Rolling Eyes

El segundo capítulo:

II – Siguiendo el curso del tiempo.
Alrededor de un mes estuve en aquel lugar, conociendo sus gentes y sus costumbres. En cierto modo no era tan distinto de lo que conocía como había imaginado. A veces me preguntaba si los nobles de mi tierra eran como aquellos, pero pronto llegaba a la conclusión de que, de ser así, muchas cosas de las que pasaron y pasaban se habrían evitado.
Esmeralda y yo nos hicimos amigas. Ella depositaba en mi su confianza y de cuando en cuando yo le contaba algo de mi vida, pero casi siempre prefería escuchar. Solíamos ir a ver entrenar a Evarion. Aquello me resultaba de lo más inusual. Todos lo que allí se reunían eran muchachos jóvenes y todos aspiraban a ser 'valerosos guerreros que defenderían a su pueblo', según me habían explicado. Tenían distintas edades: entre los doce y los veinte años. Los veteranos, ya consagrados guerreros, enseñaban sus trucos a los novatos. Por lo que podía observar, Evarion estaba en un grupo de nivel intermedio, en el cual se retaban unos a otros para no olvidar lo aprendido en su correspondiente ocasión. A veces me daban ganas de coger mis armas y retar a algunos. Yo prestaba la máxima atención a los movimientos de los muchachos que entrenaban, llegando a adivinar inclusi cuál sería su próximo movimiento. Y en algunas ocasiones notaba la mirada de Esmeralda sobre mí, prestando la misma atención a mis reacciones que yo a los movimientos de los aprendices. Percibí alguna vez en ella una extraña sensación de incapacidad cuando íbamos a verlos, incapacidad por no poder ser ella la que estuviese allí, con una espada en la mano, preparándose para luchar por su vida y la de los suyos. Y los suspiros a causa de su pesar se le escapaban de manera inconsciente mientras abría el libro y se zambullía en aquellas historias de caballeros.
Un día parecía que iba a volverse loca de felicidad porque decía haber encontrado el amor correspondido. Aquel día Noverim estallaba de alegría y se concertó la boda para dos meses después. Días más tarde me confesño que conocía al muchacho desde hacía ya tiempo y que se habían estado viendo a escondidas hasta que decidieron casarse. Parecía imposible que eso lo hubiese hecho Esmeralda... Era tan poco poco previsible... Se saltaba todas las normas que ella había procurado conservar siempre.
Evarion, por su parte, iba y venía, sin interesarse demasiado por los menesteres que ahora concernían a su hermana. Los problemas en aquella aldea parecían no solucionarse, de manera que Evarion decidió partir con algunos hombres para paliar los ánimos de los extranjeros. Y a mí empezó a serultarme raro no verle por allí, con su estúpido incógnito en su propia casa. Recordaba a menudo aquella mirada que me dirigió, quizás porque fue aquella que no supe interpretar.
Pese a disfrutar tanto de mi estacia en Noverim como de la compañía de Esmeralda y el trato que recibía por parte de los reyes decidí que era hora de irme. No debía posponer más mi viaje. Esto apenó mucho a la princesa, que esperaba que me quedase a la boda. No obstante un día me vestí con mis ropas de viaje y me despedí del reino de Noverim.

Llevaba ya algunas horas caminando a través de la espesura del bosque que rodeaba Noverim, con las riendas del caballo en la mano, cuando sentí algo a mi alrededor. Era como la última vez. Un rumor de pisadas, ojos acechándome entre las hojas de los árboles. Me obsesionaba la idea de otro ataque hasta tal punto que los sentidos me fallaban. No hice caso a la razón y desenvainé la espada, a la espera de recibir el ataque. No había hecho más que aferrarme a la empuñadura cuando oí el crujir de ramas al romperse a mi espalda. Me giré y allí estaba: una figura embozada, negra como la noche y empuñando una reluciente espada. Yo le buscaba la mirada instintivamente, tratando de reconocer a mi agresor, pero sólo encontré la oscuridad que producía la capucha de la capa tapando su rostro. Nuestros aceros se encontraron, resonando en la inmensidad del bosque. Todo alrededor parecía desaparecer. Aunque sabía que debía aprovechar los desniveles del terreno a mi favor, mi contrincante fue más rápido que yo e hizo que tropezase con una rama que crecía fuera de la tierra.
De repente, cuando iba a caer al suelo, sentí una mano en mi cintura, sujetándome, y me encontré con aquellos ojos imposibles a escasos centímetros. Parecía contener la risa.
La verdad es que no sé cómo no supe que era él, el que fuese encapuchado no me excusaba. Recordaba aquellas armas a la perfección y debí haber reconocido la forma en que se movía. Entrecerré los ojos intentando infundirle temor.
-¿Qué demonios haces aquí? - inquirí.
Él se echó a reir definitivamente, a carcajada limpia.
-¿Tú qué crees? No iba a dejar que te fueses por las buenas.
-¿Y quién te ha dicho que me iba?
-Llegué hace unas tres horas al castillo y Esmeralda me lo comuicó con pesar. Me ha pedido que te acompañe. Parece que te ha cogido cariño.
-Y tú le haces caso sin rechistar...
-Ambos ganamos si yo no estoy allí.
Suspiré e intenté librarme de él.
-Vale, ya me has hecho perder unos valiosos minutos. ¿Puedo irme?
-No – intentó parecer lo más serio posible.
-¿Entonces qué diablos quieres?
-Te aconsejo que no uses esos términos, no son propios de una señorita – y esbozó una sonrisa.
Como única respuesta puse los ojos en blanco y me dispuse a irme.
-Quiero ir contigo – dijo mientras me retenía.
-Ni lo sueñes, yo no viajo con principitos – me arrepentí de decirlo en cuanto escupí la última sílaba. No me reconocía en aquellas palabras, pero a él no parecieron importarle lo más mínimo, al contrario, le divertía.
-Te vendré bien – insistió.
-Para perder el tiempo, quieres decir – esto si que lo dije conforme a mis pensamientos. En el tiempo que me había entretenido podría haber cubierto un buen trecho del camino que me quedaba para salir de allí.
-Íobrel, venga – dijo mientras intentaba pararme de nuevo.
Sopesé las posibilidades que tenía de librarme de él y la seguridad con la que contaría su venía conmigo. Todo se tornaba favorable a su propósito, de manera que no me quedó otra que darle un sí por respuesta.
-Pero no más preguntas de las estrictamente necesarias – concedí.
Empezamos a caminar, aparentemente sin rumbo. Aquello no era más que un mar de árboles por el cual se filtraban algunos rayos de sol de vez en cuando. Empezaba a perderme, así es que tiré de hacia arriba de la cadena que llevaba al cuello para descubrir al final de ella un colgante.
Era una brújula, no con el tamaño normal de ellas, sino más pequeño. Miré de reojo a Evarion, que fijaba sus pupilas en el destello que en ese momente lanzaba el cristal de la brújula al chocar con éste un rayo de luz. Yo dirigía nuestros pasos entre la maleza del bosque hacia un lugar indefinido, siguiendo la rota que la aguja indicaba y el que yo creía que podía ser el camino más corto. Pasaron varios minutos sin que se oyese más que nuestros pasos, algún rumor de pájaros y el suave viento entre las hojas.
-¿Y a dónde vamos? - preguntó él al fin.
-Primero vamos a salir del bosque, luego ya veremos.
-¿Sábes que esa brújula está rota? -dijo de manera distraída.
-¿Qué entiendes tú por preguntas estrictamente necesarias?
-Bueno, es nuestra guía, así es que más vale que esté en buenas condiciones, ¿no? Es una pregunta estrictamente necesaria.
-Está perfectamente.
-Ya... - dijo, desconfiado -. Pues según ella estamos siguiedo el norte y, que yo sepa, el norte justo en la dirección contraria.
Me volví hacia él. Aquello empezaba a divertirme.
-¿Y a tí quién te ha dicho que estemos buscando ese norte?
-¿Entonces cuál buscamos?
-El nuestro propio.
En su cara podía leerse a la perfección la expresión “estás loca”. Por un momento creí que iba a darse la vuelta y a volver a su castillo por dónde había venido. Pero la curiosidad le pudo.
-Nuestro norte, ¿eh? Y eso está al sur...
-Sí – contesté decidida, a la vez que retomaba el camino.
-¿Estamos fiandonos de una brújula que funciona al revés? - preguntó incrédulo.
-Vayamos por partes dije aminorando un poco la marcha y dejando caer la brújula sore mi pecho -. Primera: si no te gusta te puedes ir a casa, todavía estás a tiempo. Segunda: la brújula funciona perfectamente, que tú no sepas cómo no significa que esté rota. Y tercera: si no confías en mi no vamos a ninguna parte porque yo sé a dónde hay que llegar exactamente y tú no.
-Explícame como funciona entonces.
Di un bufido, algo exasperada por la contínua curiosidad de Evarion, aunque yo se lo ponía en bandeja de plata.
-Esta brújula señala a la brújula gemela, que tiene mi primo, que es el familiar con el que nos vamos a reunir. Esta manera es la más fácil para poder encontrarnos el uno al otro en estos casos.
-¿Y si robasen la brújula para tender una emboscada al otro?
-Había llegado a la misma conclusión que yo hacía días atrás. Que quien fuese me había encontrado gracias a la otra brújula, pero según la mía eso no había ocurrido.
-Las agujas cambian de colo al cambiar de mano, aunque luego vuelva a manos del dueño el color perdura hasta que el otro se da cuenta. Es una medida preventiva.
-Supongo que será algo de magia.
-Algo así – dije, dando por zanjada la conversación.
Entre tanto habíamos llegado a la linde. Los árboles empezaron a desaparecer, dando paso a una gran llanura flanqueada por montañas. Según la información que tenía, el pueblo más cercano estaba detrás de aquellas montañas. Mi objetivo era llegar allí al día siguiente.
En un lado de la llanra divisé un pequeño lago junto al cual podríamos parar a descansar, quizás pasar la noche. Nos dirigimos allí en silencio. Cuando llegamos al lugar adecuado le quité las riendas y la silla a mi caballo para que pudiese descansa él también.
-¿Vamos a hacer un alto?
-Sí – respondí -, quiero llegar al pueblo mañana.
-Hay un paso no muy lejos de aquí, puede que mañana antes de que caiga la noche hayamos llegado.
-Deberíamos buscar algo de leña – dije cambiando de tema.
Era casi verano, mediados de mayo, y aunque no hacía frío me gustaba tener algo de luz con que poder ver, aunque también nos expusiésemos a ser vistos. Pasado un rato ya habíamos reunido suficiente leña como para mantener una hogera pequeña toda la noche. Nos dispusimos a encender el fuego . Evarion se empeñó en que podía hacerlo él sólo, pero lo único que consiguió fue un par de chispas al rozar dos piedras. Viendo que la tarea le iba a llevar más tiempo del necesario, busqué algo entre mi equipaje que pudiese servirnos de ayuda. Recordaba haber guardado algo de aceite para encender lámparas y alguna que otra cerilla, pero entre las cosas que se apelmazaban dentro del bolso era prácticamente imposible encontrarlo. Estuve por vaciarla entera ante la impotencia de no encontrarlo. Pero de repente di con ello, junto con un saquito con pólvora que utilizaba para rellenar mi pistola – un arma que todavía no estaba lo suficiente acostumbrada a manejar – y un paquete rectangular que no recordaba haber guardado. Lo saqué y rasgué un poco el papel en que estaba envuelto. Era uno de aquellos libros de Esmeralda. Me sonreí un poco al verlo. Lo había puesto ella allí sin yo darme cuenta. Al fín cogí el aceite y las cerillas y me arrodillé al lado de las ramas , derramé un poco aceite encima y encendí una cerilla para tirarla a la leña haciendo que las llamas surguiesen como por arte de magia.
-No es la primera vez que haces esto, ¿verdad?
Ante la afirmación negué con la cabeza.
-A mi no me daban el fuego encendido. Teníamos que ser nosotras quienes nos las ingeniasemos para poder cocinar al fuego o para calentarnos en el invierno.
La noche iba cayendo acompañándose de una luna creciente que parecía sonreirnos desde lo alto del estrellado cielo y nosotros nos acercábamos casda vez más al fuego – al final no fue tan mala idea encenderlo, a la noche refrescó). No estaba cansada, pese a lo caminado, pero el calor que desprendían las llamas me hacían quedarme adormilitada. El silencio se apoderó del paisaje con la excepción de los grillos, el viento y el chapotear de las ramas.
-¿Por qué no quieres volver? - pregunté de repente a Evarion.
Le pillé desprevenido, ni yo misma me esperaba preguntar nada en medio de mi somnolencia.
-Quiero ver cosas nuevas. No quiero encerrarme en ese castillo para los restos. No quiero reinar, se lo dejo a Esmeralda. Ella sabrá hacerlo mejor que yo.
-Eso no lo sabrás nunca sino lo intentas - repliquñe ante la mirada de mi compañero -. Me lo enseñó mi madre.
Esta aclaración le recordó mi escasa edad. No le gustaba demasiado, quizá pensase que tendría que hacer de niñera durante el viaje.
-¿Cuántos años tienes, veinte, veintiuno? - regateó él.
Negué con la cabeza.
-Cumpliré diecinueve dentro de dos meses.
-Eres una cría para andar por el mundo, y encima sola.
-Tú tampoco me sacas demasiado... - aventuré.
-Cumplí veintitrés a principios de año – me informó.
Se hizo un breve silencio, interrumpido de nuevo por Evarion.
-¿Qué haremos cuando lleguemos al siguiente pueblo?
-Creo que lo primero será buscar un sitio donde alojarnos.
-¿Una habitación para cada uno? - preguntó con un poco de inseguridad.
-Bueno, depende del presupuesto que tengamos... Yo tengo para unas tres noches de alojamiento y para provisiones...
-Yo tampoco es que tenga mucho... Vale -dijo ante mi mirada incrédula -, no soy para nada prevenido. Podía haber cogido más dinero, pero no lo hice. Dale las gracias a Esmeralda cuando la vuelvas a ver.
-Entonces una para los dos en cada sitio que paremos. Mejor tener para provisiones, aunque tengamos que dormir en la calle.
-Pero tendremos que decir algo... La gente no va a verlo bien.
-¿Y qué le importa a la gente? - refunfuñé.
-La verdad, no lo sé. Pero no es plan de ir levantando sospechas...
-Está bien, principito – dije con un tono un tanto cínico -, mentiremos.
Él se encogió de hombros.
-Diremos que estamos casados – concluí -. Así no resultará raro, al menos desde fuera. Diremos que estamos casados y vamos a visitar a unos familiares. Así es una mentira a medias, por si te sirve de consuelo.
-¿Y quién se va a creer eso?
-¿Tienes una idea mejor? - aquello de contestar preguntas con otras preguntas me daba bastante buen resultado – Y tú deberías cambiarte el nombre o algo por el estilo... Para no correr riesgos y tal.
-Justo fuera del bosque se acaban los dominios de mi padre, así es que no creo que me conozcan... O al menos no la gente de a pie. Y tampoco estamos huídos de la justicia...
Ignoré su última frase. Era cierto, no estábamos huyendo de la justicia... O al menos que yo supiese.
-Como lo hayas hecho otras veces, Evarion. En cuanto al plan, ¿de acuerdo?
-De acuerdo – dijo tras un pequeño suspiro de resignación.
Más le valía ser un actor digno, aunque no creo que la gente hubiese ido fijándose en nuestro comportamiento.

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Vie Jul 25, 2008 3:51 pm

Me mola la historia. ¿La estas escribiendo estos dias, o ya la tenias?
Besitos

Netzie
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Lun Jul 28, 2008 5:07 pm

Me encanta Very Happy
escribes mu bien y los capitulos se me acen super cortos... Very Happy
Sigue pronto vale? Razz
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Lun Jul 28, 2008 6:22 pm

Me alegro de que os haya gustado ^__^
En cuanto a la pregunta de Netzara: sí, lo tengo escrito desde hace unos meses, pero ahora estoy haciendo cambios, quito o añado cosas.
Y para la petición de Darky, el siguiente capítulo:

III – Mentiras que dicen la verdad.
Como habíamos previsto, entramos en el pueblo al día siguiete en el crepúsculo. Las alles empezaban a parecer solitarias ahora, las luces se encendían dentro de las casas y nosotros buscábamos impacientes un lugar donde pasar la noche. Al fin, en un recodo, encontramos una posada con no demasiada gente en la que se nos ofreció alojamiento para nosotros y los caballos a un módico precio. Pese a estar en un lugar poco usual y tener un precio tan barato, el lugar no estaba mal. Era pequeño y acogedor y reinaba la paz, lejos de las algarabías de borrachos. Se servía buena comida en el gran salón donde habitaba una gran chimenea rodeada de mesas y sillas y, al fondo, una barra con una puerta que daba a la cocina, por donde salía un exquisito aroma a comida recién cocinada. Allí cenamos después de inscribirnos a la puerta de la posada, arrendando una sola habitación.
El dormitorio daba a un patio interior y se llegaba subiendo unas escaleras estrechas que crujían al más mínimo signo de presión. No era una habitación demasiado amplia, pero tampoco era pequeña, lo que no quiaba que fuese acogedora. Encendimos varias lámparas que nos dejaron en semipenumbra, reflejando sombras imposibles en las paredes. Nuestro equipaje reposaba ahora en un rincón del dormitorio. Me lavé un poco y dejé mis armas y mi jubón encima de una silla. En época de calor solía quitarle las mangas, dejando algo parecido a un chaleco de piel. Debajo llevaba una camisa de tirantes color jade. La falda aún resistía, pero era más bien porque la había cortado a una altura un poco más arriba de los tobillos, dejando ver unas botas viejas y ajadas de piel. Para rematar el atuendo llevaba un cinturón para ceñirme la falda y colgar la espada de él. En época de invierno llevaba también una capa negra, que ahora estaba cuidadosamente doblada y guardada en el atillo que colgaba de la silla de mi caballo. Me solté el pelo, a medio recoger, y me quité las botas, dejándolas al lado de la cama.
-¿Vas a dormir tú primero? - me preguntó.
-Esta noche no hay por qué hacer guardias.
Me miró algo extrañado, como si no entendiese.
-Estamos seguros, hay cuatro paredes protegiéndonos.
-Está bien, dijo después de pensarlo un poco.
Se tumbó en la cama, mirándo fijamente el techo. Yo puseuna vela encima de la mesilla, después de asegurarme de que la ventana y la puerta estaban bien cerradas. No hacía frío, pero el calor de las brasas de una hogera reciente en la chímenea del dormitorio aún conservaban su efecto. Me tumbé a su lado, sobre un costado, para poder observarle el rostro.
-¿Qué vamos a hacer mañana? - me preguntó al tiempo que pasaba su mirada a fijarse en mí.
-Supogo que nos iremos, avanzaremos el camino... Es lo único útil que podemos hacer.
Él asintió, poniéndose sobre su costado también y estar así frente a frente.
-Me escondes algo, Íobrel. Pero lo voy a averiguar.
Se me escapó una risita inconsciente y él sonrió también.
-¿Te has dado cuenta que el color de tus ojos cambia según tu estado de ánimo?
-No seas ridículo – me obligué a decirle en cuanto escuché sus palabras.
-No lo soy...
-Evarion – le corté, tajante, antes de que me diese una explicación a lo que había dicho.
-Si me dejases explicarlo y corroborarlo no sonaría tan ridículo.
A pesar de todo me inquietaba de lo que podría haberse dado cuenta mientras yo era inconsciente de ello, así es que le dejé explicarse. Era demasiado condescendiente con él.
-Bien. Ayer, cuando te ataqué, te pusiste furiosa, pero antes de eso tenías miedo. Pude ver a la perfección como se te enturbiaba la mirada, pasando de ser violeta a un color oscuro, casi negro, me atrevo a decir. Lo curioso es que el día que nos conocimos oficialmente tus ojos eran azules. Ni negros ni viletas, azules. Y anoche, cuando hablamos me pareció ver que se aclaraban, que tomaban un color grisáceo, quizás fuese nostalgia.
-Tal vez – le concedí, y después estallé en unaridícula risita que no pude contener a causa de su visión de mi estado anímico - . La mayoría de la gente no se da cuent de esto nunca.
-Es fácil darse cuenta si miras.
Por supuesto, no iba a tener yo esa ventaja sobre los demás, y los demás ninguna sobre mí. Todo tiene su lado bueno y su lado malo. Y la parte negativa de mi “don” era que, si se fijaban, los demás también podían saber cómo me sentía yo. Y, como no, lo bueno de esa debilidad era que había una manera fácil de ocultarla: no dejando que nadie se fijase en mis ojos. Cosa que, por otra parte,resultaba extremadamente fácil, ya que casi nadie mira hoy día a los ojos.
-Deberíamos dormir – dijo Evarion.
Me giré para apagar la vela, pero él me lo impidió.
-Déjala encendida, por si acaso.
Volví a mi posición de antes y cerré los ojos, notando los suyos mirarme, hasta que el sueño me pudo y me quedé dormida.

Me desperté de madrugada, un poco desorientada, pero no me costó mucho situarme. La vela estaba apagada. No la había dejado encendida mucho tiempo, a penas estaba consumida. Dirigí mi mirada entre la oscuridad al lugar donde debería estar mi esposo ficticio, pero no estaba allí. Le llamé con un susurro, pero no encontré respuesta. Me levanté de la cama y de puntillas fui hacia la puerta. Recorrí parte del pasillo, hasta el comienzo de las escaleras, y vislumbré allí, encima de una mesa, un candil con una vela encendida. La luz de la llama alumbraba suavemente los rostros del tabernero y de Evarion y el contorno de un par de vasos y una botella. El tabernero no hacía más que beber mientras que Evarion bordeaba con los dedos el borde del vaso, trazando circunferencias.
-Y eso fue lo que pasó – concluyó Evarion.
-Ya pensé que te habías casado y renunciado a tus principios – dijo el tabernero entre sorbo y sorbo.
-No, Polris. Hace falta bastante más – rió amargamente.
-He estado pensando si decírtelo o no – dijo Polris tras rellenar su vaso y dar un largo y pausado sorbo -. No estoy muy seguro de hacerlo. Puede que sea una simple coincidencia. Quizás te convenga saberlo...
Evarion no levantó la mirada del vaso, aún casi lleno, parecía acostumbrado a la presencia del hombre, como si se conociesen desde hacía tiempo.
-¿Vas a decírmelo?- instó a Polris, aunte su silencio.
-Está bien. Estaba ordenando mis edas. Son simplemente rumores. Pero ya se sabe, cuando el río suena, agua lleva – citó el tabernero dando rodeos, sin duda para darñe más importancia de la que tenía a lo que fuese a decir -. El caso es que dicen que hace semanas desapareció una dama de la corte de un país lejano, del norte. Viajaba de incógnito. Sólo con dos acompañantes, dos soldados. No hay rastro ninguno, ni de sus monturas. La descripción que han dado de la dama encaja.
-¿Encaja con qué? - dijo de mala gana Evarion, aunque en su voz se apreciaba un leve tono de curiosidad y había levantado casi imperceptiblemente la vista hacia su interlocutor.
-Con tu acompañante, Evarion. Podría ser que fuese ella – sugirió a la vez que dirigía una mirada cautelosa a las escaleras.
Por un moemnto creúi que me había visto, agazapada junto a la barandilla, aunque no llegaba ni un resquicio de luz al lugar donde yo estaba.
Evarion se quedó callado. Estaba pensándolo, sin duda alguna, mientras Ppolris vaciaba su vaso por séptima vez al menos.
-Creo que te está afectando la bebida, amigo. Si me disculpas, me voy a dormir. Mañana nos espera un largo viaje.
Al oir esto me levaté del suelo y salí disparada hacia nuestra habitación, tumbándome en la cama, procurando parecer dormida. En seguida entró Evarion. Le oí cerrar la puerta muy despacio. Sse dirigió a la ventana y abrió las cortinas, permitiendo que la nítida luz de la luna pasase a trvés de los cristales. Se quedó allí, de pie, observándome. Parecía intentar corroborar o despentir la suposición del tabernero. Tras pasar unos minutos vino a acomodarse en la cama. Al poco tiempo supe que estaba profundamente dormido.
Después de aquella conversación no pude conciliar el sueño. De verdad era demasiada coincidencia, pero yo no era aquella muchacha. El golpe me provocó una leve pérdida de memoria, pero tan sólo fue del momento de la emboscada. Recordaba mi pasado. De repente una angustia se apoderó de mí. No sabía por qué era. Quizás fuese la idea de que Evarion me fuese a avasallar a preguntas al día siguiente. O que yo misma no encontrase ni una sola respuesta ante la multirud de preguntas que se agolpaban en mi mente en aquel momento. Me inundó la necesidad de saber quién me tendió la emboscada, con qué propósitos y qué era lo que pasó realmente. Me hubiese enterado si alguien hubiese estado viajando por mi camino y en mi dirección. Todo resultaba demasiado confuso.

La mañana refulgía, radiante. El sol entraba a borbotones por la ventana, inundando la estancia cálidamente. Me aseguré de que Evarion seguía durmiendo y me levanté de puntillas para imternarme detrás de un biombo, donde había colgado mi ropa para que se secase. Me vestí con calma, primero la falda y la camisa, ciñéndolo todo con el cinturón. Doblé meticulosamente la camisola que llevaba de repuesto y que había usado para dormir y la metí en mi bolso para después atusar mi pelo. Recordé el libro que había palpado días antes en el bolso y lo busqué. Abrí su envoltura, que no era más que papel de estraza sujetado por un cordel. Estaba encuadernado en cuero rojo, con letras en plata que rezaban “El eterno traidor”. A menudo había visto a Esmeralda con un libro que tenía ese título, solo que era de otra encuadernación, en color verde, aunque con las letras también en color plata. Abrí el libro por la primera página y leí las primeras líneas:
Hacía tiempo que pasó, pero aún perduraba en la memoria de las gentes de aquel lugar. El llamado El Eterno Traidor asoló el país después de la muerte de su bien amado rey. Decíase que fue él, su hombre de confianza, quien le dió muerte en una noche oscura y sin luna. Su mujer y su única hija se vieron obligadas a abandonar su hogar...
La voz de Evarion me trajo de aquel remoto mundo. Levanté la cabeza, apartando la vista de las letras del libro y encontrándome directamente con mi mirada en el espejo. Era gris, pero de un gris que se acercaba cada vez más al violeta. Me vino una imprudente oleada de nostalgia al leer aquellas palabras... Y no podía dejar que Evarion lo supiese. Asomé la cabeza por un lado del biombo, procurando sonreir y ocultar mis sentimientos. No podía dejarle que se fijara demasiado en mis ojos. Vería las ojeras por haber pasado la noche en vela a causa de... Se me había olvidado por completo la conversación entre el tabernero y él, que yo había presenciado como toda una intrusa, hasta aquel momento. De nuevo la angustia, y maldije el momento en que se había dado cuenta de aquel punto débil mío.
-¿Me llamabas? - le dije.
Sonreí al ver la cara de sueño que tenía. Los párpados medio cerrados, el pelo muy revuelto y algo parecido a unas ojeras bajo los ojos cegados por la claridad. Con eso y un poco de suerte no se daría cuenta de nada hasta bien entrada la mañana.
-No sabía donde estaba – replicó con un bostezo mientras se levantaba de la cama.
Se acercó al biombo, tambaleante. Y me apresuré a terminar de recoger mis cosas. Doblé el papel de estraza y recogí el cordón, guardádolo junto a todo lo demás en el bolso.
-¿Hay agua fría ahí? - dijo entrando detrás del biombo.
-Sí, creo que sí.
Se paró delante del espejo, al lado de la jarra de agua y la palancana de barro que había encima de una mesita. Vió el libro de Esmeralda encima de la mesa y lo cogió.
-Sí – afirmó -, te debe haber cogido mucho cariño mi hermana. Ese libro era de sus favoritos. Siempre estaba diciéndome que lo leyese. Me sé las primeras líneas de memoria – y empezó a citar las que yo había leído antes -. Nunca he conseguido leer más.
Le arrebaté el libro con una sonrisa y fuí al otro lado del biombo. Me acerqué a la puerta.
-Te espero abajo – le dije antes de abrirla y salir.
No me dio tiempo a escuchar ninguna contestación. Cerré la puerta de golpe y bajé las chirriantes escaleras. A aquellas horas no había nadie en la taberna, a excepción de algún viajero que, como nosotros, se había quedado allí aquella noche. Así yo podía estar allí a mis anchas. Me entretuve hablando con la mujer del posadero, mientras que ésta preparaba el café en el puchero.
-Entonces estáis recien casados... Polris y yo también nos hace poco, hace seis meses. Yo pensé que iba a ser peor. Él ya tiene treinta y yo acabo de cumplir veinticinco. Me obsesionaba la diferencia de edad, pensé que sería un obstáculo, pero me equivoqué. ¿Vosotros cuánto llevais?
-Un par de meses – vacilé.
-Bendita juventud. Sois tan jóvenes los dos... ¿Qué edad tenéis?
Tampoco era para tanto, sólo nos sacaba a Evarion dos años y a mi seis...
-Yo voy a cumplir los diecinueve y él cumplió los veintitrés a principios de año.
La farsa me estaba siendo llevadera, pero como no nos dieramos prisa y nos fuesemos de allí cuanto antes podría volverme loca con total facilidad. Comprendía en parte que a Marriett le resultase curioso nuestro caso, porque así lo podía comparar con el suyo, pero me sacaba demasiado de quicio.
Al fin él bajó las escaleras. Se tomó su tiempo. Desayunamos los dos juntos sentados en una mesa no muy alejada de la barra, bajo la mirada simpática de Marriett.
-Llevamos dos meses casados – le susurré.
-¿Y eso porqué?
-Porque Marriett me lo ha preguntado y a mi me ha parecido apropiado ese número.
-Excelente.
Saqué un mapa y lo estendí sobre la mesa, haciendo a un lado las tazas de café y los platos con las tostadas. Después me quité la brújula y la puse en el lugar exacto en que nos encontrábamos. La aguja giró un poco hacia la derecha, colocándose en posición sureste. Me levanté y fui hacia la gran chimenea que coronaba el salón. Me agaché y cogí un tizón que, por su aspecto, llevaba días allí. Volví al sitio y tracé una línea a medida que avanzaba con la brújula por el mapa. En el punto donde se encontrase la otra brújula, la mía empezaría a girar velozmente, indicándome el destino exacto. Corté la línea al llegar a la costa, justo cuando la aguja se movió. Evarion estaba inmerso en su taza de café.
-Ese será nuestro recorrido – dije.
-¿Tres semanas de camino? - preguntó tras echarle una ojeada al mapa.
Asentí con la cabez.
-Iremos parando en los diferentes pueblos y así no será tan duro el viaje. Podemos dormir bajo techo bastantes noches. La verdad es que no creo que nos vaya a resultar duro para nada.
-¿Saldremos hoy?
Volví a asentir con la cabeza, dando un sorbo de café.

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Mar Jul 29, 2008 2:23 am

La historia engancha que no veas.
Cuando tengas otro rato, ya sabes. Que aqui te ha salido una superfan.
Besitos

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Mar Jul 29, 2008 11:24 pm

Jeje, me alegro de que te guste tanto Netzara!

Capítulo siguiente (este es más cortito que los otros):

IV – Aclarando los últimos detalles.
-Dentro de unod cuatro días llegaremos al prózimo pueblo – dijo Evarion a la vez que examinaba el mapa. Yo juegueteaba con la brújula entre los dedos.
-Y dentro de una semana al destino – añadí.
-¿Me vas a decir cuál es el punto exacto de destino?
-El puerto de Dovehar.
Evarion abrió unos ojos como platos.
-¿Estás completamente segura? - me limité a asentir mientras él no salía de su asombro -. Es una locura. Eso es territorio pirata.
-¿Qué problema tienes con los piratas?
-Nos van a matar.
-No si tenemos contactos. Y los tenemos, de los buenos.
-¿Eres pirata?
-¡No! Sólo mi tío Henfred y su hijo Willham. Bueno... A decir verdad, yo iba a unirme a ellos.
A Evarion parecía que iba a darle algo. Sentado sobre un árbol caído y con el mapa entre las manos. No daba crédito. Yo empecé a preocupartme a partir del quinto minuto que pasaba sin moverse.
-¿Te vas a hacer pirata? - dijo aún entre la incredulidad.
-Bueno, tampoco es que vaya a ejercer ni nada de eso. Simplemente voy a pasar una temporada con ellos. Yo también quería ver mundo.
Volvió a callarse, con la mirada perdida en el mapa. Me dio por pensar que estaba calculando la distancia que nos separaba de Noverim. Yo me senté a su lado y, alzando un dedo, me dispuse a señalarle nuestro recorrido por encima de tizón medio borrado que todavía perduraba.
-Mira, ya estamos derca. Lo mejor es pasar por el bosque de Englambar, para acortar distancia.
Y él seguía callado, a cada segundo su rostro se iba descomponiendo un poco más. No tenía ni idea de que Evarion pudiese tener reacciones de este tipo. Quiero decir, que no sabía que hubiese algo que le pillase por sorpresa. No era la primera vez que le hubiese pillado con la guardia baja, pero si realmente sorprendido.
-¿Estás loca? - susurró.
-¿Qué?¿Por qué? - casi grité. Pero al seguir el trayecto de sus ojos lo entendí.
-Estás loca, lo afirmo. Englambar es un suicidio. Si quieres pasar por ahí, obviamente que no nos mataran los piratas. No saldremos de ese maldito bosque.
-No digas chifladuras, Evarion.
-¿Ahí también tienes contactos?
-Mmmmm... No.
Y nos callamos los dos. Quizás fuese verdad que era peligroso. Pero, ¿acaso no era peligroso ya en sí el viaje? Quizás no saldríamos de aquel bosque. Pero, ¿qué garantías teníamos de que pasasemos de aquel día? No se contaban cosas buenas de aquel lugar, pero la vida me había enseñado a no creer ni en la mitad de las cosas que se dicen. Al fin y al cabo, si alguien cuenta esas historias es poque sobreviven al bosque, ¿no? De todos modos yo pensaba pasar por ahí, con o sin Evarion, pero yo quería llegar lo antes posible a mi destino.
Acampamos allí aquella noche. El calo que habíamos pasado la semana anterior había pasado bastante, a pesar de estar en pleno verano.
Evarion estaba cerrilmente convencido de que no pasaríamos por el bosque, por más que yo insistiese. Me iba a costar convencerle.
-¿Por qué no?
-¿Por qué sí?
-Porque ganamos tiempo. Además, si cuentan esas historias es porque la gente sale del bosque.
-Sale mal parada.
-Evarion, venga. No va a pasar nada.
-Ve tú sola.
-Pero si vas a venir detrás de mi, te da igual. Además, si volvieses ahora a Noverim llegarías a tiempo para la boda de Esmeralda.
Él se estremeció. No quería ir a la boda de su hermana, ya lo había pasado abstante mal aguantándola en situaciones “normales”. Y conociéndola se empeñaría en que todo fuese perfecto. Era una buena razón para no ir, porque a Evarion aún le faltaba un trecho para ser perfecto, pero ella era su hermana. Supongo que a Esmeralda también le agradaba que su hermano no estuviese para entorpecer. “Él hace las cosas más difíciles de lo que son”, había protestado alguna vez, contándome sus anécdotas.
-Eso es caer muy bajo, señorita – dijo a la vez que me miraba, amenazador.
-Tú simplemente escoge, Eevarion.
Eso le llevó bastante tiempo. Aunque claro, tampoco es que la decisión fuese leve. En su opinión, nuestras vidas estaban en juego. En la mía, nuestras vidas estaban en juego contínuamente.
-Íobrel, si pasamos por ahí ahora, yo decido el camino a seguir cuando salgamos.
-Está bien.
-¿En serio?
-Pero un camino con el que no tardemos más de una semana.
-Descuida. Mira – me mostró el mapa -, cuando salgamos del bosque iremos rumbo sureste para entrar en Bbellcontor, donde haremos noche. Después podremos seguir toda la costa hasta el puerto de de Calimba y desde allí tomar rumbo a Dovehar. ¿¡Qué te parece?
-Está bien – condecí -, creo que llegaremos a tiempo.
-¿Partiremos mañana?
Me limité a asentir.
La noche cayó y el cielo, despejado de nubes, se iluminó con el brillo de miles de estrellas. Een aquel tiempo se podía dormir a la intemperie facilmente, lejos de que nos cayese un chubasco en medio de la noche. A mi me gustaba. Me tumbaba en la hierba y contemplaba la cúpula estrellada hasta que el sueño venía a buscarme para darme una tregua. De vez en cuando recorría mi pelo una suave brisa que hacía el sueño más llevadero.
A la mañana siguiente emprendimos camino al bosque. Reconozco que el hecho de que nos ahorrase un día de camino no me llamaba tanto la atención como el descubrir los secretos de Englambar. Hhabía oído nde la existencia de seres mágicos muy diversos allí, que convivían en perfecta armonía, siendo la envidia de todos los reyes que ansiaban la paz para sus reinos. Yo quería ver eso con mis propios ojos.
Lllegamos a la linde del bosque a media mañana. Yo iba decidida. Pero Evarion vaciló un poco. Se paró justo en el lugar donde el primer árbol crecía.
-¿Estás segura? - me dijo.
-Estoy segura – reafirmé, poniendo los ojos en blanco.
Y entramos en el bosque. Yo iba aferrada a la brújula para no perdernos. Cada vez estábamos más cerca.

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Jue Jul 31, 2008 12:13 am

Hummm, un bosque misterioso, mola!
Que sorpresas ocultan sus arboles y los seres que lo habitan.
Me encanta el suspense.
Besos

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Jue Jul 31, 2008 5:30 pm

JOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO


Como en gancha tu historia.

Actualiza en cuanto puedas.

aqui entre estos dos va haber romance.

y tienen pinta de meterse en buenos lios.

haber que pasa en el bosque.

Correran peligro,o todo son cuentos de viejas.

sigue pronto porfa.

y no se hacen pesados ami cuanto mas largos mejor.

FELICIDADES
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Mar Ago 05, 2008 6:46 pm

Gracias Anne. Me alegro de que te guste.

V- El bosque de Englambar.
En un principio aquello no era más que un bosque. Cientos de árboles por doquiera. Aquello era un bosque de lo más sombrío. La verdad es que yo estaba decepcionada, pero a Evarion se le veía de lo más feliz al no tener aquello el menor peligro. Todo en absoluta e irrevocable calma. Llegaba a aburrirme.
Llevábamos andado ya un buen trecho, no podía estar muy lejos la salida que buscábamos, cuando empecé a sentir aquella extraña sensación de estar siendo vigilados. Por más que yo miraba, escudriñando entre la espesura, no lograba ver nada raro. Mis sospechas iban en aumento a cada paso, pero no podía corroborarlas y tampoco me atrevía a decirle nada a Evarion, aunque se había puesto un poco en alerta.
Estaban esperando que diésemos el paso oportuno y, entonces, ¡zas!, nos vimos rodeados de arcos con afiladas flechas apuntándonos. Para ese momento nosotros ya habíamos desenfundado, pero de oco nos serviría. Nuestros atacantes nos superaban en número. A bote pronto pude contar diez. Y nosotros éramos dos. Mucha maña deneríamos tener para escapar.
-Identificaos – dijo uno de los indivíduos que nos apuntaba y que había dado un paso hacia adelante.
-Somos viajeros – dije.
Noté la mirada de Evarion encima de mí. Por una parte, agradecía el no poder mirarle en esos momentos y el que él no pudiese hablar por su asombro, pero ya sabía lo que vendría después.
-¿Con qué permiso atravesais nuestro bosque?
No respondimos, de manera que uno de aquellos individuos se me acercó y me quitó las armas. Al verlo de cerca pude comprobar sus rasgos. Todos parecían responder al mismo perfil. No eran mucho más altos que yo y parecían de complexión delgada -digo parecían porque en aquella penumbra no se podía estar segura de nada-. A pesar de ello estaban dotados de una gran fuerza. Había hombres y mujeres por igual. Tenían un aspecto realmente particular. Jovencísimos todos. El que vino a detenerme a mí tenía el pelo rojizo y en punta, enmarcado con unas orejas enormes y picudas. La cara afilada y los ojos achinados. Una especie de tatuaje le cubría parte del torso desnudo y la cara. Cuando quise mirar en la dirección de Evarion dos de aquellos individuos le estaban desarmando.
Nos condujeron entre senderos ocultos a ningún lugar. Recorrimos aquel largo pasillo de espesura en la nada, sin saber a donde íbamos exactamente, nos dejábamos guiar por los habitantes de aquellas tierras. Eran extraños, no podía dejar de mirarles a penas, cada cual tenía algo que le distinguía de los otros, ya fuese el color del pelo, el de los ojos, el de la piel, o aquellos partuculares tatuajes que tenían absolutamente todos. Eran una mezcla entre humanos y hadas. Quizás fuesen algo parecido a los elfos de aquellas historias que contaban las viejas. Seguimos a tientas en medio del follaje con la comitiva vigilándonos de cerca a la vez que se perdían entre las hojas. Pero había algo más en aquellos seres. Era como si la felicidad no existiese para ellos. No podía averiguar tampoco nada acerca de ellos. Nunca supe si fue por los nervios o alguna fuerza que me lo impedía.
A medida que íbamos avanzando la imagen se volvía más nítida. Unas ruinas, restos de una muralla. Y una de aquellas extrañas criaturas custodiándola. Vestía uno de aquellos vestidos largos que tanto odiaba yo, aunque estaba viejo y ajado. En la mano, un farolillo que le permitía ver un poco más allá de los débiles faroles que bordeban la derruida muralla.
El resto del pueblo, o lo que fuese aquello, estaba en iguales condiciones que la muralla. Ni Evarion ni yo nos atrevíamos a preguntar a dónde nos llevaban.
Todo estaba en penumbra, alumbrado débilmente con algunos rayos de sol que llegaban a través de la cúpula de árboles y algún que otro farol que había a las puertas de algunas casas. Ni niños que jugasen en las calles aunque aún se pudiese considerar que era de día, ni a penas tránsito de gente en la calle. Los que se cruzaban con nosotros preferían no mirar. Una muchacha cogía agua en un cántaro por el debilitado chorro que caía desde el caño de una pequeña fuente. Sentía lástima por aquella gente con la piel extremadamente pálida, probablemente por la falta de luz, y los semblantes cabizbajos sin sentimiento alguno.
Al fin llegamos a una especie de palacete, también medio en ruinas, y nos hicieron entrar en él. Aquello era la más viva imagen que yo había visto nunca de una civilización en peligro. Caían grandes cortinones aquí y allá y una chispa de luz exterior se filtraba por entre las delicadas y pertrechas vidrieras. Estaba todo iluminado con antorchas cada poca distancia, aunque aún así la estancia parecía fría y sombría. Llegamos a una puerta custodiada por otro par de aquellos extraños seres, que abrieron la pesada puera de dos hojas. Allí, sentada en un trono, había una mujer. O eso parecía desde lejos, con un voluptuoso vestido en color negro, en contraste con su blanquecina tez enmarcada por un oscuro cabello. Un gato blanco juegueteaba a sus pies y, al vernos, saltó agilmente a las rodillas de la mujer. Ella alzó la vista, pues parecía sumida en un trance.
-Mi señora – se dirigió a ella el que parecía el cabecilla del grupo de individuos que nos traía -, les hemos encontrado en el bosque.
Con un movimiento de cabeza de la mujer, nos soltaron y nos dejaron delante de ella.
-¿Qué os trae a mis dominios, forasteros?
-Mi señora... - comenzó Evarion.
Al tiempo que decía esto, apareció una muchacha por entre los cortinones, como un fantasma. Tenía la misma tez pálida que la mujer que ocupaba el trono, pero la joven poseía una lisa cabellera rubia. Su mortecina piel se acentuaba con su atuendo: una especie de bata en un tono crudo con bordados de flores en oro. La muchacha fue a arrodillarse a los pies de la mujer, asiéndola una mano entre las suyas.
-Madre – susurró de una manera casi imperceptible.
Y la mujer puso una mano amable sobre la rubia cabeza de la que era su hija, que ahora ocupaba el lugar del gato.
-Te conozco – murmuró la mujer de negro, posando la vista en Evarion -. Eres Evarion, príncipe heredero de Noverim. Veo tu vida en tu mente. Sí, quizás hubiese sdo mejor no entrar aquí. Tú no sabes nada de lo que pasa en este lugar. En cambio, yo lo sé todo de tí con solo mirarte...
Yo observaba la situación. Así es que era por eso. No podía yo averiguar nada porque ella los protegía de la misma manera. Era... Curioso. Aunque el saber que había gente que podía hacer lo mismo que yo me ponía nerviosa. En un momento vi mi mano entre la de Evarion, como si él me protegiese sólo así.
-Sin embargo – prosiguió – el destino de tu acompañante es incierto... No ostante, no puedo ver en ella nada que pueda dañar a mi pueblo. De esta manera, sed bienvenidos al reino de Anglambor.
-No sabíamos de la existencia de nada así – murmuró Evarion, como intentando disculparse.
-Anglambor es tan sólo una diminuta parte de Englambor, mi valeroso príncipe – dijo sonriendo ella – y yo, Caerimba, soy la reina.
En aquellos momentos yo no escuchaba a penas más que mi propia angustia. Una reina de un país del que a penas sabía la existencia me había dicho que tenía un futuro incierto... Pues genial, eso lo solucionaba absolutamente todo. Creo que Evarion debió percibir mi angustia al notar que cada vez le apretaba más la mano, porque decidió soltarme y pasarme un brazo por encima de los hombros. Eso me tranquilizó hasta cierto punto.
-Estais agotados. El susto que mis soldados os han propiciado os ha hecho mella. Dispondremos una habitación para que podais reponer fuerzas. Espero que sepais disculparnos, pero nuestras fronteras deben estar muy protegidas en estos tiempos que corren.
Yo seguía sin prestar atención. La verdad es que lo único que me interesaba en aquellos momentos era que ni una persona que podía ver todo, pasado y futuro (lo mío se quedaba en las intenciones y algo del pasado, lo hecho hecho está y no hay vuelta atrás), no pudiese ver lo que a mi me deparaba el porvenir. La muchacha que se arrodillaba a los pies de su madre se levantó y vino hacia nosotros.
-Seguidme – dijo con voz serena y aterciopelada.
Evarion era el que, después de todo, me guiaba. Era el que estaba consciente, o al menos el que más consciente estaba de los dos, porque yo estaba inmersa en mi mundo. Intetaba abarcar demasiado en poco espacio, o poco tiempo, y acababa perdida en mis pensamientos. No era la primera vez que me pasaba, pero no acababa de acostumbrarme. Al fin aparecimos ante una puerta flanqueada por un par de anorchas que colgaban en las paredes.
-Nos reuniremos a cenar dentro de una hora media – dijo la muchacha a la vez que abría la puerta -. Por cierto, mi nombre es Caerena.
Me dio por fijarme en sus ojos... Lo hice automáticamente, porque era mi manera de utilizar mi “don”. Los ojos, la ventana al alma. Tenían un tono dorado los ojos de ella, a jugo con su cabello, y contradiciendo al resto de su físico, algre y jovial. Era como si no le gustase vivir en aquel lugar en decadencia pero no pudiese evitar estar allí. Por un momento la asemejé a Evarion. La diferencia entre ambos era que ella afrontaba su deber mientras que Evarion rehuía de él. Curiosa palabra esa: deber. Según mi padre yo nunca había sabido cuál era el mío.
Un leve empujoncito de Evarion para que entrase en la habitación me hizo volver al lugar en que nos encontrábamos. Cerró la puerta detrás de sí.
-No ha sido tan malo – le dije mientras observaba la habitación. Aquella parte del palacete era la que mejor se conservaba de todas. No había apenas nada derruido, pero los grandes cortinones también caían a los lados de la ventana, no sin evitar que algo de la ténue claridad de fuera se colase por entre los cristales marchitos.
Él parecía ahora en su mundo, cambiamos las tornas por unos instantes.
-Creí que era una leyenda – musitó -. En el bosque de Englambar la estripe Car reina. Mujeres que sienten, mujeres que ven, mujeres que viven eras...
Le miré con curiosidad. Recordaba aquello de haberlo oído antes. Había quien decía que era un poema compuesto por un viajero extraviado que se enamoró de una reina. Otros simplemente no creían en aquellas cosas. Caí en la cuenta de que también lo había leído. En el libro de Esmeralda... La hija del rey muerto se internaba en un bosque...
-Pero de tí no sabe casi nada – dijo a la vez que me miraba fijo, con sus ojos imposibles, interrumpiendo otra vez mis pensamientos -. Futuro incierto.
-Evarion, aterriza – dije con aire irónico sentándome al borde de la cama.
-Íobrel, ella es la reina. Y como reina lo sabe todo de todos. Tan sólo necesita mirarte para descubrir tus más oscuros pensamientos.
-Y luego soy la que está loca – dije entre dientes.
Evarion vino a sentarse a mi lado. Y allí nos quedamos los dos, en silencio. Creo que fue de manera inconsciente, pero acabé poniendo mi cabeza sobre su hombro. En otro lugar, nuestra actual situación hubiese sido inaudita, pero aquí ni siquiera nos habrían mirado con malos ojos. Ni la reina, que todo lo sabía.

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Miér Ago 06, 2008 4:45 pm

Me encanta esta historia.
Estoy totalmente enganchada.
De verdad no sienten? Que lastimita... y que mal rollo.
Besos

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Miér Ago 06, 2008 7:22 pm

Esta muy chula me encanta n_n
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Jue Ago 07, 2008 12:28 am

Podías colgar algo tuyo, Zaida (es que es más fácil llamarte así que por el nick, no me lo recrimines, por fa). Que me consta que tienes buena pluma, aunque no haya leido nada tuyo todavía. Aquí todos los escritos son bienvenidos Wink

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Vie Ago 08, 2008 3:51 pm

UYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYy

Genial el capi,la pena que no se pase mas gente a comentar.

Que futuro incierto le depara a Iobrel.

Quiero mas,no tardes por fa,que la cosa esta interesante.

Un beso
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Sáb Ago 09, 2008 12:30 am

VI-Confesiones de la decadencia.
Acudimos a la cena acompañados de un guardia. La tensión persistía, y con toda razón. Nosotros eramos intrusos en su hogar secreto. Por fín llegamos al comedor y toda tensión desapareció junto con los ojos de la princesa Caerena.
-Sentaros – nos dijo con su gentil voz.
Aquello no era ni por asomo como el castillo de Noverim. La mesa era la miad de la mitad de la que allí tenían, la vajilla estaba rachada, con mellas, restos de haberse caído más de una vez, de haber sobrevivido al tiempo por encima de todo.
La comida estaba servida, así es que no hicimos más que sentarnos y, a la señal de Caerena, empezar a comer. Me resultaba raro que la reina no acompañase a su hija a cenar.
-¿No nos acompaña la reina? - pregunté.
-Oh, mi madre duerme pronto. Necesita reponer fuerzas. Ya no es lo que era.
El esfuerzo que estaba haciendo para que yo no supiese lo nada de ella se iba desvaneciendo, así es que empezaba a vislumbrar algo. Aunque no hacía falta, se la veía con ganas de compartir con alguien sus cosas.
-Con los años se debilitan sus fuerzas. Ya hace mucho que está en el trono. Y yo estoy a la espera de que ella duerma para siempre para ocupar su lugar. Aunque me ha dejado un pueblo en decadencia – aquello sonó más a reprimenda a su madre que a cualquier otra cosa -... A penas sentimos ya nada, confundimos la alegría con la pena. Y ella se niega a que el exterior influya en cualquier cosa que tenga que ver con el reino. Dice que nos dañarán. Yo creo que no pueden dañarnos más de lo que ya estamos.
Su voz sonaba tranquila, melancólica, mientras iba comiendo despacio, sin ganas. Yo la escuchaba. Ella todavía podía sentir algo.
-Mi madre se pasa el día sumida en el trance. El pueblo ha llegado al punto máximo de decadencia y nadie hace nada para evitarlo. Tienen miedo. Llevan siglos sin ver la luz del sol, sin que les de un poco de aire que no esté viciado de pena.
Los ojos se le encendían a medida que iba hablando, como si una llama medio consumida en su interior fuese cobrando vida. Era... Interesante verlo. Ella tenía esperanzas todavía de que aquello se solucionase. Y en sí era una tontería, pero yo también las tenía. Tenía esperanzas de que cuando ella llegase a reina todo aquello prosperaría poco a poco, sería como los demás reinos, aunque no sabía si aquello era del todo bueno. Como todo tenía su lado positivo y su lado negativo. Pensando en positivo, la alegría volvería a aquellos seres y serían como los demás. Pero eso era también malo, porque ya no serían una sociedad pura, sin influencias de aquellos corruptos pueblos de fuera...
Pero Caerena estaba totalmente convencida de que ella haría que su pueblo aflorase de nuevo y fuese el reino de antaño, el que se adivinaba con los vestigios que quedaban.

Debo de reconocer que aquello tenía su punto romántico. Su punto meláncolico, drámatico y a la vez excitante que te impulsaba a averiguar cualquier cosa sobre aquel lugar. Me gustaba aquello de conocer otras culturas, aunque sólo estuviesemos allí por tiempo de un día. Sin duda haber conocido Englambar en sus buenos tiempos habría sido un lujo para los sentidos. Los lienzos que colgaban de una sala del palacete así lo presentaban, aunque estaban cubiertos de moho y humedad por algunos sitios.

-¿Cuánto hace que no cambiais de reina? - la pregunta de Evarion no me sorprendió tanto como a la destinataria. Estaba intentando averiguar la edad de la reina, la de la princesa y el tiempo que aquel reino llevaba destruyéndose a sí mismo.
-Hace un siglo que la reina Caembre murió y mi madre la sustituyó en el trono. Algunos ya no cuentan los años, el tiempo pasa sin que nada se lo impida y sin motivo alguno para que nos afecte. Hace al menos cincuenta años que no nace ningún niño en nuestras tierras. La gente envejece, algunos mueren de pena, otros agonizan en sus casas. Muy pocos conservan esperanzas de que salgamos a flote a través de una luz milagrosa.

A través de una luz milagrosa. Aquellas palabras me rondaron la cabeza los días sucesivos. Las había leído en aquel libro de Esmeralda. “Y ella apareció como una luz milagrosa”. Aquellas eran las palabras exactas del manuscrito, con su tinta negra, prácticamente nueva. Me preguntaba a menudo si Caerena había tenido la oportunidad de leerlo, quizás fuese así. Al fin y al cabo, si lo que contaba era cierto, sería antepasada suya aquella que apareció.

-Yo creo que ese don suyo, o lo que sea, de la reina, es un suplicio. Quiero decir, que no siempre puede ser bueno – le hice saber a Evarion, ya de vuelta a la habitación.
Él asintió con la cabeza. En todo el camino que llevábamos recorrido, Evarion se había convertido en la persona en que más había confiado nunca. Creo que el sentimiento era mútuo. O al menos aquel de confianza entre todos los demás. De lo que había después no estaba segura, o no quería estarlo. Me gustaba estar con él. En ocasiones como esta, cuando me ponía a reflexionar sobre el asunto, reconozco que me daba miedo a mi misma. Me daba miedo que me estuviese enamorando del príncipe azul.
Cuando me desperté estaba un poco desorientada. La habitación estaba en tinieblas, como todo el palacete. Miré alrededor y vi a Evarion dormido, tumbado a mi lado en la cama. Fuí a darle la vuelta para despertarle, pero me vi aprisionada por su brazo. Lo aparté un poco para poder moverme.
-Evarion – le susurré al oído -. Ya es de día, despierta.
La única contestación que tuve fue un gruñido a modo de queja.
-Venga, no seas perezoso.
-Ve yendo tú – dijo entre bostezos, volviendo a poner el brazo en mi cintura, impidiendo que me moviese.
-Si me soltases, me iría.
-En ese caso te tendrás que quedar, porque no tengo la más mínima intención de moverme.
Pasó un rato y los dos seguíamos allí. Él aparentemente dormido y yo presa del mismo. Llamaron a la puerta y él deshizo la presa.
-Ve a abrir, anda.
-A eso voy.
Al abrir me encontré con la pálida piel de uno de aquellos soldados y su triste semblante sin expresión.
-La reina necesita saber cuándo partirán. Desea que cuando lo sepan se lo comuniquen.
Y se fue, simplemente. Cuando cerré la puerta Evarion ya estaba encima de la cama, restregándose los ojos.
-Cuando quieras – me dijo.
De manera que fuimos a comunicárselo a la reina, que nos entregó provisiones para que finalizásemos el viaje.
-Sed constantes en vuestro camino y decididos a la hora de actuar. Kebillan os guiará entre el bosque para que podais llegar a buen puerto.
La gentil y sutil sonrisa de la princesa Caerena nos despidió de aquella corta estancia en su futuro reino perdido. Kebillan, el soldado de pelo rojizo, fue el responsable de guiarnos. Andabamos los tres, acompañados de nuestros caballos, en absoluto silencio. Prácticamente se podían oir nuestras respiraciones. Noté como, a medida que nos íbamos alejando del reino en ruinas, el semblante de Kebillan se tornaba más... alegre. Sí, esa era la palabra. Había más luz en su rostro, sus ojos brillaban. No sabía por qué era, incluso contestaba a las preguntas de Evarion con especial interés.
-Entonces, ¿sois los únicos que habitais en el bosque?
-No, no. Pero habéis tenido suerte de que os encontrásemos nosotros. Vivimos todos en armonía gracias a nuestros soberanos, pero los extranjeros no son tan bien recibidos en unos sitios como en otros. De ahí que haya algunos que no salen de este bosque.
Evarion me buscó la mirada y su gesto me dio a comprender que, pese a todo, el tenía razón y el que estuviesemos vivos no era más que un mero golpe de suerte.
Empezó a filtrarse de repente un poco de luz entre las ramas. No esperaba yo, por nada del mundo, que la salida estuviese tancerca. Me daba la sensación de que la distancia se había acortado.
-Ya estamos cerca -informó nuestro guía -. Cuando salgais, seguid en dirección sur durante un día. Quizás no sea necesaria la jornada entera. Ak anochecer, si vais a buen ritmo, habréis llegado al puerto.
Y con una sutil e inesperada sonrisa, justo donde los árboles se dispersaban, Kebillan desapareció.

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Sáb Ago 09, 2008 6:21 pm

Tal vez la Reina los tenga bajo la influencia de algún hechizo, no se.
Por lo menos la Princesa tiene esperanzas, una persona sin esperanzas, está vacía.
Ya sabes que me encanta, así que esperaré con impaciencia a que pongas otro trozo.
Besos

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Dom Ago 10, 2008 12:42 am

Gracias a todas por pasaros y por los comentarios. De verdad que es importante para mi que opineis sobre ello, así sé si tengo que cambiar algo o no.
Y por el momento el siguiete capítulo:

VII – No lo digas demasiadas veces.
Kebillan no se equivocó. No se había escondido el sol aún cuando Evarion y yo entrábamos en una hosedería donde habíamos encontrado una habitación libre.
Ya olía a sal, la brisa marina corría por las calles de Bellcontor y a mi se me antojaba todo con un aire familiar, incluso sin haber pisado nunca aquella tierra. Debía ir familiarizándome con todo aquello, iba a ser mi nueva forma de vida. Me fui a dar un paseo por el puerto, mientras Evarion descansaba un poco en la hospedería. A decir verdad, no le dije que me iba.
Si mi padre supiera... Pero no lo sabía. A aquellas alturas ambos, mi madre y mi padre, pensarían que estaba muerta. Por una parte me consolaba, porque así él nunca sabría donde había llegado a ir. Pero mi madre... Se había quedado sin su única hija. No iba a permitir que fuese para siempre. Algún día volvería, y esperaba que no fuese demasiado tarde. En ocasiones, cuando me sentaba frente a ella entendía muchas cosas que mi padre hacía sin motivo aprente. Pero aquello último... Era mi libertad. Si volvía ahora...
Entré en la playa, descalzándome. Me senté en la arena y dejé las sandalias por las que había sustituído mis botas a un lado. Flexioné las piernas hasta casi tocarme el pecho con ellas y las abracé con fuerza, mirando al horizonte la luna, el cielo moteado de estrellas que se confundía con el agua ahora oscura del mar. Todo tipo de pensamientos me inundó la mente y variados sentimientos el corazón.
Sentí de pronto unas pisadas detrás, a mi espalda, aunque no me giré para ver quien venía, seguía absorta en el horizonte.
-No es bueno que estés aquí sola – dijo Evarion en un suspiro a la par que se sentaba a mi lado en la fina arena.
Le miré de soslayo. Estaba medio tumbado, con las piernas estiradas y cruzadas a la vez y los codos hincados en la arena. También miraba el horizonte, dejando que la brisa marina campase a sus anchas entre su revoltoso cabello.
-Yo no soy ella – dije sin apartar la mirada del cielo.
Él me respondió con una mirada confusa, o creí intuírla.
-La dama desaparecida del norte. Mientras venía he escuchado que la princesa ha cruzado el mar para reunirse con su futuro esposo. Hace semana y media que zarpó desde Bellcontor. Os oí a Polris y a tí hablar sobre ello aquella noche.
-Vamos a dar una vuelta – musitó levantándose y dándome la mano para ayudarme a ponerme en pie. Se la tomé...
Con un leve tirón me levantó de la arena. El movimiento nos dejó a ni siquiera unos centímetros de distancia. Sus ojos imposibles se cruzaron con los míos, que reflejarían en aquellos momentos un color que no supe nunca y que él, como siempre, sabría interpretar. Estaba casi segura de que estaba oyendo mi respiración, entrecortada y rápida. Ansiaba que aquello llegase a más, aunque sabía que no podía ser. Ambos seguiríamos nuestro camino en cuestión de días. Que yo no lo quisiese admitir era otra cosa muy distinta.
Al fin echamos a andar por la playa, hacia la calle. Me agaché un poco para ponerme las sandalias, apoyándome en la barandilla de madera que separaba la arena de la calle.
-Íobrel – y ahora fue cuando casi me vine abajo, sabía lo que me iba a decir, pero no quería oírlo -, en cuanto lleguemos a Dovehar y te quedes con los tuyos yo daré media vuelta y me iré.
Lo dijo tan secamente como le fue posible. No me cabía duda, a aquellas alturas, de que a él también le resultaba difícil saberlo. No dije nada, sólo un leve asentimiento con la cabeza... Era una tontería esperar que él se quedase para siempre. Era una tontería esperar que yo aguantase con él para siempre. Además de que él era un príncipe y tenía que cumplir sus obligaciones y yo, ¿quién era? Nadie. Mi único cometido era pasar de ser una niña consentida a ser la mujer de cualquiera, destinada sólo y exclusivamente a hacerle feliz y darle descendencia. “Perfecto, Íobrel. Sinceramente, no sé qué haces aquí”. En aquellos momentos estuve a punto de decirle a Evarion que me volvía con él, que se quedase en su Noverim, que yo volvería a mi norte a cumplir con mi deber antes de llegar más lejos. Que era un placer haberle conocido, pero a partir de entonces cada uno seguiríamos nuestro destino y nada más. Y nuestro destino no era precisamente estar juntos. El mío al menos no iba a ser de cuento de hadas, sólo iba a ser aquella asquerosa realidad que me acechaba en sueños cada noche y la que intentaba olvidar cuando la bruma desaparecía... Tenía ganas de decirle ewso. Quería contárseloo todo, que él lo supiera porque quizás lo entendería y... Quizás se quedase... Quizás...
-Soy la pequeña de siete hermanos – no sé cómo me salieron las palabras, ni sé cómo acerté a ellas ni cómo fue que no rompí a llorar allí mismo -. Todos los demás son varones, y mi padre siempre ha tenido un gran empeño en que fuese la hija perfecta. Siempre quiso que yo me casase con un hombre bueno y le hiciese feliz. Lo típico, ya sabes. Pero yo no quería. Mis hermanos me enseñaban a escondidas a montar a caballo o a manejar las armas. Para ellos yo era uno más. Pero al llegar mi padre todo cambiaba. Un día, al regresar a casa le escuché decirle a mi madre que me había encontrado un marido. Un conde de un lugar que me era desconocido. A mí no me extrañó que fuese un conde, pues mi padre era herrero en la corte y de vez en cuando yo trabajaba allí de sirvienta. Me constaba que había trabajos que el rey no había podido pagar... Aún no se habían repuesto de la última guerra. En todo caso, podría ser que la reina hubiese movido alguos hilos y ese fuese el cobro de mi padre.
En aquellos momentos Evarion me miraba con curiosidad, incluso diría que ansiedad era una palabra que no resultaba exagerada. Pero no me importaba. A medida que iba hablando mi tensión acumulada en los últimos tiempos se descargaba.
-No obstante – continué -, una angustia enorme se apoderó de mi. Fue como si el mundo se me viniese encima. Me aterraba la idea de que la libertad me fuese arrebatada de una manera tan descomunal. Uno de mis hermanos me dijo que huyera, que era lo mejor que podía hacer si quería conservar mi libertad. Mi madre no decía nada, pobrecilla, pero yo sabía que ella no quería que sufriese. De aquí en adelante todo es más borroso, creo que por la emboscada.
Com el relato ya habíamos vuelto a la posada. Yo estaba increíblemente relajada. Supongo que Evarion también lo estaba, una vez despejadas las dudas que pudiese tener.
-Te estarán buscando – dijo él -. Un conde no está dispuesto a perder a su prometida.
-Un conde puede tener todas las prometidas que él quiera.
Fuimos en silencio hasta la habitación. Supuestamente Evarion y yo estábamos casados. Vaya ironía. No sé como se me ocurrió algo así. Quizá una forma de canalizar mis miedos, una manera de desacerme de la obsesión que me rondaba la cabeza. Si ya estaba casada no podía volver a hacerlo, al menos mientras mi marido estuviese vivo.
Nos acomodamos en el jergón, dispuestos a descansar después del viaje y para poder alcanzar nuestro destino con energía. La luna hacía blanquear las siluetas de todo cuanto su claridad abarcaba. No quería dormir, quería pasar el tiempo que me quedase junto a él despierta. Ibba a ser cierto eso de que me estaba enamorando, pero tampoco tenía a nadie que me cerciorase de que lo era. Pese a eso una extraña fuerza me impulsaba a cerrar los ojos y llevarme al mundo de las esperanzas en un dulce y tranquilo sueño. Me sentía segura aquella noche. Mi pasado desvelado a mi único compañero en semanas. Era como quitarse una enorme carga de encima. No sé por qué sabía que Evarion también estaba despierto, no había indicios de ello en la semipenumbra.
-¿Y tú que escondes?
Lancé la pregunta casi al aire, de no haber sido porque él era el único que estaba allí. No contestó inmediatamente, sino que se tomó su tiempo, meditándolo todo.
-Otro día te lo cuento – dijo, también al aire.
Vovió a hacerse el silencio. Los párpados se me iban cerrando ya. El sueño me llevaba para dejarme caer en sus redes sin piedad alguna. Y cuando estaba en duermevela, a punto de caer rendida a los pies del subconsciente, salió de mi algo inesperado.
-Ven conmigo a Dovehar, y quédate.
Para cuando lo dije ya estaba lo suficientemente aturdida por el cansancio como para no oir nada, aunque me pareció oir que decía algo, algo que nunca sabré si fue real o imaginado.
-No lo digas demasiadas veces.

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Dom Ago 10, 2008 1:17 am

Me encantaaa!!! Que ganas tengo de saber como continuara n_n
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Dom Ago 10, 2008 8:25 pm

Que bonito! Yo también quiero que se quede con ella, y que fueran felices y viviesen mil aventuras... ains
Que bueno sería poder dejarr tu vida atras y escapar de ella por un tiempo, o una eternidad.
Me encanta, haber si te vuelves a inspirar pronto, que necesito más dosis.
Besos

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Lun Ago 11, 2008 1:10 am

JOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO

Como lo has dejado.

Quiero masssssssssssssssssssssss

Evarion se tiene que quedar con ella la verdad se quieren los dos pero no se atreven a confesarlo.

Si tardo en contestarte es porque me voy de vacaciones,pero prometo ponerme al dia.

Me encanta tu historia,no veas como engancha,espero que se pase mas gente y te comente.

besos.
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Lun Ago 11, 2008 9:15 pm

Muchas gracias por pasaros y comentar, chicas ^_^

El siguiente capi, a ver qué os parece:

VIII – No mereció la pena.
A la mañana siguiente, como ya iba siendo costumbre, abandonamos la hospedería donde nos quedábamos la noche anterior para andar un nuevo trecho. A penas unos días nos quedaban para llegar a nuestro ansiado destino. Ahora nos acompañaba en el viaje el olor a salitre y la contínua humedad. No volvimos a mencionar aquella noche en lo que restaba de camino. No hacía falta. Apenas habábamos. Ya estábamos cerca, casi no hacía falta mirar la brújula.
Al fin una mañana vimos el puerto de Dovehar en un horizonte cercano. No nos costó demasiado alcanzarlo. Yo sabía donde tenía que ir. Me habían dado las señas de una taberna cuyo dueño era el padre de la prometida de mi primo Willham, el dueño de la otra brújula.
En aquella parte de la costa había más movimieno marítimo que en cualquier otra. Barcos amarrados por doquier, cargando y descargando mercancía. El puerto era un ir y venir de tente, generalmente hombres y niños que se acercaban para aprender el oficio o simplemente mirar, aunque también se veía a mujeres cargadas con cestas de pescado o despidiendo a sus familiares, listos para partir a cumplir con su trabajo.
Evarion iba como si nada, aunque yo sabía que estaba alerta contínuamente. No le gustaba aquel sitio. “Está lleno de piratas”. Pero yo casi iba dándome de cabezazos contra todo porque ya estábamos allí y él se iría y me quedaría en un lugar desconocida con gente a la que no había visto más de dos veces en mi vida. Me daba pavor que se fuese. Tenía la sensación de que esta vez era para siempre.
Llegados a la puerta de la taberna llegó la despedida. Adiós, hasta la vista, ya sabes que si tienes algun problema puedes contar con nosotros, quédate al menos a cenar, descuida, que cuanto antes me vaya mejor... Odiaba las despedidas. Odiaba sus despedidas. Me pasaría el resto de mi vida lamentándome, lo sabía. Y confiaba en que el resto de mi vida no fuese demasiado tiempo. Se fue, simplemente se fue y yo me quedé como una tonta viendo como se marchaba desde la puerta de la posada, amarrando el caballo a la entrada.
Abrí la puerta, cuyos goznes resonaron estrepitosamente. Pregunté por mi tío y mi primo. El tabernero, un hombre de unos cincuenta y tantos, gordo como un tonel de cerveza de los que se amontonaban al lado de la barra y sin un sólo pelo en la cabeza me indicó, con el trapo de secar los vasos en la mano, una mesa. Cuando quise mirar para allá mi primo Willham ya estaba andando hacia mí con una sonrisa enorme en los labios.
-Íobrel – dijo mientras me estrechaba entre sus brazos – cuanto me alegro de que al fin hayas llegado.
-No sabes lo que me alegro yo de haber llegado – otra mentira a medias.
Insistió en que me sentase con ellos a la mesa, me presentó a su prometida Amybell y allí estuve con ellos, entre el ir y venir del resto de la tripulación del barco que mi tío gobernaba.
Willham no era mucho mayor que yo, como mucho dos años. Con la juventud y la lozanía en él le lucían mucho más aquellos cabellos rubios, con los ojos azules como los míos y la piel clarita. Se parecía a su padre, por lo que yo recordaba, aunque la nariz tenía signos de alguna que otra pelea. Después de treinta años sería igualito a él.
Por el contrario, Amybell no se parecía en nada a su padre. La muchacha era de una cara tan dulce que muchos de lo que allí estaban estarían encantadísimos de quitarle el puesto a mi primo. Quizás por eso fuesen los signos de pelea en su nariz. Se la veía feliz, aunque tímida ante la extrovertida personalidad de él. La envidiaba, aunque apenas la conocía. Pero sabía que estaba con quien quería y que en un futuro se casaría con quien quería.
Y yo me sumía cada vez más en mi onta tristeza por la marcha de Evarion. Ya no me sentía tan segura. Es más, no me sentía en aboluto segura se él no estaba allí conmigo, aunque sólo fuese para rebatirme mis teorías y decirme que estaba loca. Al final habíamos pasado por todos aquellos pueblos, con nuestra mentira, todas aquellas noches a la intemperie, el bosque... Y ahora nos separábamos. Ya no iba a ser lo mismo. Nada volvería a ser como antes. El vacío que me inundaba el pecho se iba haciendo más grande hasta hacerme sentir perdida, una minúscula parte en aquella calurosa twaberna, entre el ruido de los piratas. “Nos matarán”, había dicho. ¿Y si él no había conseguido salir de allí? ¿Debería ir a buscarlo? “No digas estúpideces, Íobrel, si le quieres ve a buscarlo”. Deseché la idea en cuanto la mirada de mi tío se fijó en mí... Parecía que me leía el pensamiento, me intimidaba que me mirase de aquella manera, mientras bebía en su jarra.
Corrían los litros de cerveza, de ron, de vino... Las miradas de los hombres se enturviaban, el calor acrecentaba a medida que Amybell encendía más velas cuando la luz solar iba desapareciendo. Aquello se convertía en un hervidero en cuestión de minutos. Subí a mi habitación con una excusa absurda y una promesa aún más que comprometía a bajar de nuevo. Cerré la puerda casi de golpe, llevándome las manos a la cara instantáneamente cuando la empecé a sentir húmeda por las lágrimas. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que la gente no debería tener lágrimas... Para no malgastarlas en cosas estúpidas como el amor.
No quería bajar. Creía que una vez que había empezado no iba a ser capaz de parar de llorar. Quería haber llorado cuando tuve tiempo, no ahora, en la habitación de una taberna de mala muerte habitada por piratas y en completa soledad. El vacío del pecho ya me llenaba toda. Ví encima de la cama el libro que Esmeralda me había dado. Reprimí la tentación de cogerlo y leer algo. Sabía que todo me iba a recordar a él... Y cuanto antes lo olvidase menos daño me haría, así es que lo metí ciudadosamente en la mochila para no caer en la tentación. Me miré en el espejo con la luz de una vela. El reflejo ya era de por si siniestro dadas las circunstancias, pero los ojos enrojecidos e hinchados del llanto y la cara húmeda le daba aún un aspecto más tétrico. Tendría que esperar un rato antes de bajar. Me senté a los pies de la cama, con las piernas encogidas, como lo había hecho en la playa antes de desatar todas aquellas emociones.
Al fin decidí bajar, aunque ahora me dolía un poco la cabeza de la sofoquina... Sería una buena excusa para subir al poco tiempo de bajar.
Así es que bajé las escaleras con cuidado, lo más pausadamente que pude, y fui a sentarme a la mesa de ellos, otra vez. Se habían reunido ya parte de los que habían desfilado a lo largo del día por la taberna. La mayoría era parte de la tripulación, por no decir todos. Oía sus conversaciones, anécdotas, mitos sobre las criaturas marinas y lo que había al otro lado del mar. En otras circunstancias me hubiesen llamado la atención, pero en aquel momento no les presté ni un poquito. No me interesaba lo que pudiese haber al otro lado si había perdido lo que tenía a este. Si todo lo que quería estaba en esta orilla y no en la otra, lejana y desconocida... Los hombres voceaban, reñían sonoramente...
-Una vez tuvimos que llevar a un príncipe, ¿te acuerdas Henfred? - mi tío asintió – Desde la otra orilla, una odisea de lo más peculiar. Era de un reino del centro. Venía con sus aires galantes, su porte real y aquellos ojitos verdes y dorados que tanto le gustaban a las niñas, diciéndonos lo que teníamos y no teníamos que hacer... Un remilgado. Suerte que nos pagó y se fue a su tierra del centro. ¿Cómo se llamaba aquel sitio? Novulvar... Algo así era.
-Noverim – le aclaró Henfred. En ese momento mi mirada confusa subió hacia él, que volvía a clavar sus ojos en mi.
-Eso, Noverim – dijo el otro. Un tipo corpulento y con el pelo y la barba de un color castaño oscuro que no hacía más que echar tragos a su jarra de ron -. Ahora será rey o algo parecido. Una suerte no tener que llevarle otra vez, o a cualquiera de sus hijos, si es que tiene, serán iguales que él... No están acostumbrados a vivir...
Y fue entonces cuando supe que no merecía la pena estar aguantando aquello, que no merecía la pena haberme separado de él, que no merecía la pena seguir allí... Que no merecía la pena haberme ido con una excusa tan estúpida...

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