Un Internado donde nada es lo que parece. Dos jóvenes atraídos por una fuerza magnética. Un secreto oscuro y peligroso. Y una única certeza: entregarse al amor es jugar con fuego...
 
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 Recuerdos que duelen

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Netzara
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Mar Ago 12, 2008 12:13 am

No debe haber muchos caminos e vuelta al reino... así que si se echa una carrera, esta noche lo pilla. Verdad?
Yo quiero que esten juntos, pero juntos de verdad.
Más, please, más.

Netzie
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Mar Ago 12, 2008 2:39 am

Esta muuyy biieenn!!!! Joe haber si se lian ya XD
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Anne_Cullen
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Mar Ago 12, 2008 2:53 pm

NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO

se han separdo,que triste.

Te ha quedado genial.

Pero yo se que su destino sera estar juntos.

se quieren demasiado aunque no se lo ayan dicho.

Quiero masssssssssssssssssssssssssssssss.

Besos.Mira que si el da la vuelta y le da una sorpresa affraid
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Edhelgrim
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Miér Ago 13, 2008 12:38 am

Gracias por pasaros, chicas ^_^

IX – Escapadas en la oscuridad.
Aquello fue la gota que colmó el vaso, de manera que me levanté y, mirando a los presentes dije:
-Si me disculpan, me voy a dormir.
Wilham me miraba, pensativo, cuando me dí la vuelta y empecé a andar hacia las escaleras. La hija del posadero, que acababa de servir otra ronda en la mesa vecina, me sostuvo un momento por el brazo, evitando que me moviese.
-Hay alguien esperándote arriba – me susurró tan bajo que me costó entenderlo -. Ten cuidado.
No sabía porqué aquella muchacha mostraba simpatía hacia mí hasta el punto de advertirme sobre un peligro semejante. De manera incosciente rocé la empuñadura de la daga que llevaba escondida entre las ropas y miré hacia la caña de mi bota, tapada por la falda pero con fácil acceso dada una rotura de las costuras, viendo relucir el pomo de reforzado en metal de un cuchillo.
Subí cautelosa las escaleras y, cuando llegué a la puerta de la habitación, eché mano de la daga en la siniestra un candil vacío que había cerca en la diestra, preparada para atacar. Era una lástima que Evarion se hubiese ido. Seguramente, de no haber sido así, ahora estaría intentando entrar antes que yo en la habitación para tirarse en la cama, ocupándola toda. Pero en cambio tenía que estar sóla ante algo que no sabía lo que era. Abrí la puerta cuidadosamente y miré en todas direcciones. Una lámpara de aceite estaba encendida u alumbraba la estancia ligeramente. Quise darme la vuelta para mirar detrás de la puerta, pero no pude. Alguien me cogió por la cintura y me tapó la boca.
-No grites, por lo que más quieras – me susurró al oído una voz tan conocida que me hizo estremecer de alivio. Me soltó despacio, a la vez que yo tiraba el candil al suelo y guardaba la daga. Me di la vuelta y me abracé a Evarion de una manera totalmente inconsciente. No sabía lo que hacía hasta que pasó un rato y él me lo preguntó con un tono que delataba una risa reprimida y me estrechaba entre sus brazos.
-Ya pensé que me mataban – le dije -. Con un candil y una daga medio mellada ya me dirás lo que iba a hacer.
Esta vez no reprimió la risa.
-Ya creí yo que me esperaba una noche de incosciencia por culpa de ese candil en cuanto te he visto.
Ahora fui yo la que me reí. Le solté. Me alegraba tanto volver a verle.
-Tengo que decirte una cosa. Es muy importante y necesito que me creas.
En ese momento el propietario de la otra brújula llamó a la puerta.
-¿Íobrel, puedo?
Abrió sin que le contestase. Después de todo, daba igual. Evarion se puso en guardia, pero yo le dirigí una mirada indicándole que no había peligro. Willham pasó a la habitación y, tras él, Amybell, la hija del tabernero. Ambos sabían que había alguien esperándome en la habitación.
-No la toques – dijo Willham en tono amenazador y dirigiéndose a Evarion.
-Willham, no me va a hacer nada – repuse.
-No te puedes fiar de nadie, Íobrel, de nadie.
-Lo dice quienes se han vendido...
-¿Qué? - pregunté entre la confusión, cortando a Evarion.
Los recien llegados se unieron a mi confusión, mirando a Evarion. Las miradas de los dos hombres se cruzaban, amenazadoras. Tenía miedo de lo que pudiese suceder si no se aclaraban las cosas por las buenas. Al final fue Willham quien cedió, después de minutos estando todos en riguroso silencio, sin apenas respirar por la espectación.
-Íobrel – dijo apartando la mirada y dirigiéndola a mí -, se han vendido. No sé cómo lo sabe él... Pero hace unos meses llegó un forastero, ofreció una suma de dinero por que te retuviesemos aquí hasta que él lo dijese. Nos dió absolutamente todos los datos posibles. Estabas en Noverim, te habían atacado a la altura del bosque con una comitiva. Dejaron escapar a los otros, pero a tí te dejaron allí. Dicen que los otros también te vendieron. Quien fuese el que lo hizo no te quería viva. Pero apareció él y te salvó. Entonces fue cuando vino aquí y nos lo encargó a nosotros. La suma era grande, hacía tiempo que no teníamos ningún botín, así es que mi padre aceptó. Pero a mi no me compran. Te lo aseguro que a mi no, así es que puedes contar con Amybell y yo para escapar. Te ayudaremos en lo necesario.
Me quedé boquiabierta. Sabía que sus palabras eran sinceras, nadie podía mentir y hacerme llegar aquella oleada de honestidad y sinceridad tan lúcida.
-¿Y él qué? - preguntó Willham en relación a Evarion.
-No va a hacer nada – estaba segura, completamente segura de que él no sería capaz de hacer algo así.
Las diferencias no iban a remitir en un tiempo, eso lo sabíamos todos, pero si quieríamos salir de allí teníamos que hacer algo. Evarion se acercó a la ventana y hechó un vistazo al exterior.
-Están vigilando la habitación -dijo al fin.
-¿Y si nos están vigilando cómo se supone que vamos a salir de aquí? - dije desesperada.
El silencio reinó unos instantes y la desilusión se apoderó de nuestros semblantes. De repente Amybell tuvo una idea.
-Con una reyerte.
Todos dejamos que nuestas miradas convergiesen en ella.
-Todo lo que tenemos que haces es crear un hambiente de confusión y provecharlo para escapar.
Aprovechamos esa misma noche para crea confusión entre los borrachos que rondaban la taberna, que eran los más, e incitamos al resto a tomar parte en la reyerta. Amybell se ocupó de bajar las luces ligeramente mientras que Willham se dedicaba a infundir rumores enre los presentes. Nosotros recogimos mis cosas y nos embozamos, preparados para salir de alló en cuanto nos diesen la señal. Me calé casi hasta los ojos uno de aquellos sombreros que llevaban los piratas, en color negro y de ala ancha, con una pluma rojizaa enorme a un lado. Para rematar el atuendo me pise un abrigo azul marino, con bordados en color oro (aunque estaba muy lejos de serlo) en los puños y los bolsillos. Evarion se tapó por completo el rostro con la capa y nos apostamos en la puerta de la habitación a esperar la señal.
El murmullo generalizado del salón iba en aumento.
La mirada de Evarion y la mía se cruzaron, impacientes. Quizás no saliesemos de aquella. Bastantes cosas habíamos superado ya. Sólo un golpe de suerte más.
-Íobrel – escuché a Evarion pronunciar mi nombre con voz queda. Me volví hacia él y nuestras miradas volvieron a fijarse. Me pregunté de qué color serían mis ojos en ese momento, porque él me miró como intentando traducir su significado. En mi se reunian ahora sentimientos desde el miedo y la incertidumbre, hasta la excitación por la rapidez y la intensidad con que sucedía todo.
Oimos cristales rotos, resquebrajarse la madera. Voces. Gritos. Y un tiro. Un único tiro. La señal. Salimos como almas que llevase el diablo de la habitación, recorrimos el pasillo y bajamos las escaleras. Ambos habíamos procurado dejar un puñal a mano para poder defendernos. Atravesamos el mar de aceros, cristales y sillas rotas y blasfemias como pudimos. Los que estaban fuera vigilando entraron como balas, deseosos de pelea. Cuando creí que aquella maera iba a acabar conmigo encontré la mano de Evarion cogiendo la mía y tirando hacia la salida. Una bocanada de aire fresco nos dió en la cara justo antes de atravesar la puerta abierta de la taberna. Salimos. En la calle hacía frío. Llovía. Las gotas caían como agujas sobre el sombrero. No me atrevía a mirar arriba siquiera. Parados a la puerta, con el tumulto a nuestras espaldas y las ténues luces aún bañándonos. Tiré de Evarion para que se moviese y los dos echamos a correr. Yo miraba atrás repetidamente. Miraba yo atrás repetidamente, esperando encontrar una sombra bajo el aguacero que nos persiguiese, pero nada. La oscuridad nos protegía y los muros de las casas junto a las que pasábamos lo más deprisa que nuestras piernas nos permitían nos guiaban. Habíamos quedado con Willham y Amybell en el almacén del tabernero en un plazo de dos horas. Había tiempo de sobra, pero no parábamos de correr, con el sonido de las boras al estamparse en los charcos que se habían ido acumulando en el pavimento. La lluvia nos calaba hasta los huesos y nosotros corríamos.El ojor a tierra mojada se mezclaba con el del agua salada del mar.
Llegamos al almacén totalmente calados, jadeantes por el esfuerzo. Amybell nos había dicho que en la parte este encontraríamos una ventana abierta por la que podíamos entrar. Y así lo hicimos. Una vez dentroo buscamos un sitio desde el que poder ver sin ser vistos en el caso de que entrase alguien que no convenía. Caí en la cuenta de que estaba tiritando. Tenía un frío terrible, con el abrigo completamente empapado. Me senté en el suelo, puse el sombrero a mis pies, empapado, y apoyé la espalda en una caja, resguardándome lo mejor que pude. Evarion se sentó a mi lado. Al notar que tiritaba se acercó más a mi , pasándome el brazo por encima de los hombros y acomodándome en su pecho. Se estaba bien así... La verdad es que no recordaba ningún momento de mi vida en que hubiese estado mejor. Tenía que reconocer que, para no haber sido ni un día sin él, le había echado muchísimo de menos.
Al poco rato sonó la puerta delantera al abrirse. Yo me encogí aún más sobre su pecho, hasta que la voz de mi primo nos avisó de que debíamos irnos. Nos levantamos y volví a calarme el sombrero a conciencia. Amybell y Willham nos esperaban a la puerta.
-Cogeremos el barco. El mío – dijo Willham -. Será el primer viaje que haga con él pero creo que podremos manejarnos. No se necesitan más de siete tripulantes para hacerlo navegar, y contamos con ellos.
Así nos fuimos los cuatro hacia el muelle, con la seguridad que la oscuridad nos concedía. Allí estaba el barco de Willham. Ténuemente iluminado por sus tripulantes, que faenaban a toda prisa, poniéndo el barco a punto para partir.
Cuando estábamos subiendo oímos un murmullo de pasos detrás nuestra. Willham se giró institivamente.
-Subid – vociferó.
No nos lo pensamos demasiado. Él venía justo detrás de nosotros. En cuanto puso un pie en el barco empezó a quitar el tablón por el que habíamos subido. El murmullo seguía, se acercaba. Se iluminó la noche con un disparo, seguidos de otros tantos. Evarion se apresuró a ayudarle a quitar el tablón. Nos seguían. Las balas impactaban en el suelo, oyéndose romperse las tablas del muelle.

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Miér Ago 13, 2008 1:05 am

Juntos de nuevo, como mola.
A estos dos les pasa de todo, tienen la negra. Pero por lo menos se tienen el uno al otro.
Pero lo has dejado muy interesante, no me dejes mucho tiempo así.
Besos

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Miér Ago 13, 2008 11:32 pm

OHHHHHHHHHHHHHHHHH

a vuelto a por ella.

que noche mas movidita....................

cada vez la cosa pinta mejor,haber que le depara la uida.

Bueno chicas me voy de vaca ,se que llevare retraso,pero no me importa.

la cosa esta muy interesante,y asi tengo mas para leer.

besos.
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Vie Ago 15, 2008 6:40 pm

Joe me encantaaa!!! continuala prontoo!!! n_n
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Sáb Ago 16, 2008 9:10 pm

X – No mientas.
Ya estábamos cada uno en nuestro camarote, o mejor dicho cada dos. Fondeábamos bajo la tormenta, escondidos entre unos peñones. Willham nos había dicho que con aquel temporal no nos seguirían, no esperaban que fuesemos demasiado lejos como para no poder alcanzarnos a la jornada siguiente, si sobrevivíamos a la tempestad, cosa con la que tampoco contaban.
Pero ahora eso no importaba. Era otra vez como siempre. Evarion se había sentado al borde de la cama, rendido. La capa tirada en el suelo. Los ojos fijos en mi que, por primera vez, me hacían estremecer, al igual que su voz en la habitación de la taberna. Ligeramente encorvado hacia delante, con el pelo mojado goteando en el suelo de madera. Y en el suelo había algo más. De un color rojo oscuro. Le miré, aterrorizada, encontrándome con sus ojos de nuevo, esta vez inexpresivos.
-Estoy bien – me aseguro.
Negué con la cabeza, sin que me saliesen las palabras. Me fijé en el brazo, de donde brotaba la sangre.
-Déjame que... - no acabé la frase, sólo me senté a su lado en la cama y examiné el brazo.
Tenía la herida un poco más abajo del hombro. Se habría cruzado en la trayectoria de una bala y le había rasgado la piel. Era más bien superficial, aunque la sangre manaba con bastante fluidez.
-Hay que curarla – dije - , si no queremos que se infecte.
No dijo nada. Simplemente se quedó allí quieto mientras yo sacaba de mi bolso las cosas necesarias. Una cantimplora de piel con agua, unas vendsa y unas gasas limpias que siempre llevaba, por si acaso. Se quitó la camisa, empapada de agua y manchada de sangre por el brazo. Le limpié la herida con la gasa mojada en agua.
-¿Cómo supiste lo de los piratas?
Se estremeció al contacto de la piel dañada con el agua.
-La gente habla. Antes de irme di una vuelta por el puerto y había uno de los tripulantes de tu tío en no demasiado buen estado. Ya me entiendes, llevaría en la taberna desde bien temprano, si es que se había llegado a ir y ahora estaba intentando trabajar... Yéndose de la lengua lo suficiente como para que cualquiera que quisiese prestar atención supiese lo que iba a pasar en los próximos días.
La herida era lo que pensaba a simple vista. Con un vendaje sería más que suficiente. Una vez libre de los restos de hilos y pólvora que había le vendé aquella parte del brazo lo más fuertemente que pude para cortar la hemorragia.
La explicación de Evarion era contundente. Tampoco hubiese hecho falta mucha imaginación para creerlo. Allí aquello era el pan nuestro de cada día.
Por fin pudimos quedar tranquilos. Lo del brazo no era nada. Si se curaba con regularidad, manteniendo limpia la herida y procurando que no se cerrase en falso, el asunto estaba resuelto en cuestión de un par de semanas, cicatrización incluída.
Nos tumbamos en la cama, y me acurruqué con cuidado en su pecho, por el lado sano. Él empezó a juguetear on los mechones revoltosos de mi pelo.
-¿Cómo estás?
-No lo sé – le respondí. Y era verdad. Empezaba a asimilarlo todo poco a poco -. Tenías razón. No se va a quedar sin prometida así como así. No debí irme.
Se hizo silencio durante unos instantes. Quizás no estuviese de acuerdo. Yo misma no estaba del todo de acuerdo con lo que acababa de decir.
Podía oir, sentir, su respiración pausada y controlada.
-No importa. Ahora sólo tenemos que procurar que no nos cojan. Sólo salir vivos de esta y luego ya veremos.
Al día siguiente sería como si no hubiera pasado nada, como si aquella noche hubiese sido otra de tantas. En realidad no había pasado nada.
“Ya veremos”. La fatiga me llegó con aquellas palabras. Parecía tan fácil con él. Pero no lo era, y los dos lo sabíamos. No era fácil. Nada era fácil en la vida, por mucho que nos costase verlo. Lo único fácil que veía en ese momento era caer dormida, rendida en su pecho, como ansiaba. A la mañana siguiente tendríamos demasiadas cosas que ocultar y demasiadas que aclarar.

Bajamos a la cocina del barco, desierta, con el resto de la tripulación faenando arriba. Por lo visto llevábamos desde la madrugada viajando. Buscamos algo de comida. Habíamos salido de la taberna con lo justo, lo imprescindible.
-¿Cómo sabes que es él quien te busca? - me preguntó Evarion.
-¿Quién iba a ser si no? No creo que haya nadie más interesado en darme caza así. Sé que alguien le tiene que haber dicho a donde iba. Pero eso también es lo de menos. Lo importante es que no me encuentre. Que no nos encuentre a ninguno.
Evarion asintió despacio con la cabeza, como si no estuviese del todo conforme.
De pronto me acordé de las palabras del pirata en la taberna. El príncipe de Noverim. Los ojos verdes y dorados.
-Los piratas, la tripulación de mi tío, conocen a tu padre. Dicen que lo llevaron hace años al otro lado.
Noté como se ponía tenso, de repente, e intentaba disimularlo, mientras se llevaba a la boca la taza con un poco de café negro. Tenía ojeras, como si hubiese dormido mal, o no lo hubiese hecho.
-Íobrel – su voz era queda, como antes de que nos diesen la señal y saliesemos corriendo. Fijé mis ojos en él -. Lo siento.
¿Lo sentía? ¿Por qué lo iba a sentir? ¿De qué diablos se tenía que disculpar? Si era la segunda vez que me salvaba la vida...
-No tengo veintitrés años – lo dijo con el mismo tono quedo, sin ningún sentimiento en la voz -. Ni Esmeralda tiene veintisiete. Ni las cosas eran como parecían.
¿De qué me estaba hablando?
-Estuve casado, ¿sabes? -se le escapó una mueca, que no supe si era eso o una sonrisa a medias -. A la fuerza, como querían hacer contigo. Pero hace ya casi cuarenta años de eso. Fue con una dama del otro lado. Era hermosa, pero fría como la piedra. Murió en el parto de nuestro hijo. El bebé también. Así es que me quedé solo, otra vez. Creí que no volvería a ser como antes... Pero con el tiempo todo remite.
No daba crédito. No podía ser. No... Fui alejandome de él poco a poco. Milímetro a milímetro, con mi taza vacía entre las manos. Me daba igual que me ocultase todo aquello. Yo le había estado ocultando mi vida... De lo otro ni siquiera podía recordar nada. Si lo hubiese recordado se lo habría dicho, ¿por qué no iba a hacerlo?Pero me había mentido.
-Lo siento – repitió.
Reprimí las lágrimas. No quería que me viese llorar. Pero de repente me sentía frágil. Me iba a romper si lo decía otra vez. Tenía que ser fuerte, como otras veces. Él sabía que no soportaba las mentiras.
-Da igual – dije -. Me da igual si no me quieres contar las cosas, pero no me mientas, Evarion.
-Lo sé – admitió -. Y quiero que antes de que sea demasiado tarde lo sepas. No quisimos decirte toda la verdad porque no sabíamos quien eras. No queríamos que nuestro secreto se viese alterado por nadie. Esmeralda nunca llegó a decírtelo porque... Supongo que no lo creyó oportuno. Pero yo quiero que lo sepas. Te lo mereces Íobrel.
Yo negaba casi imperceptiblemente con la cabeza mientras que él mantenía sus ojos fijos en la mesa. “No me está mintiendo, ahora no”. Y la verdad dolía más que la mentira, porque no tenía remedio. Al menos a la mentira siempre le sucede la verdad, tarde o temprano.
-Lo siento porque te hayas tenido que enterar por aquellos piratas.
Por eso no quería venir al puerto. Por eso no quiso entrar en la taberna. Empezaba a tener dolor de cabeza. Había demasiadas cosas que aclarar... Era al menos un punto a su favor que hubiese decidido contarme la verdad en vez de mentirme más.
Estaba enfadada. Pero en el fondo no tenía motivos. Tampoco era tan grave... Había vuelto a por mi, eso significaba... A lo mejor no significaba nada. A lo mejor lo había hecho por lo mismo por lo que me salvó en el bosque. Pero habían pasado tantas cosas desde entonces.
Asentí. Sólo asentí con la cabeza en silencio. No iba a enfadarme con él. Tampoco se lo merecía.
Después de aquel día acordamos que no mentiriamos más. Que no nos mentiríamos más entre nosotros. No nos llevaba a ningún sitio. Acordamos eso. Nada más.

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Dom Ago 17, 2008 12:56 am

¿Qué es, un semielfo? ¿Un vampiro? un inmortal, ¿pero que clase de inmortal?
Y ahora te has ido al pueblo y me dejas así con la intriga hasta que vuelvas... que mal.
Pues a esperar... Sad
Kisses from hell
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Miér Ago 20, 2008 9:09 pm

El capítulo recien salido del horno Wink

XI – Viento en popa.
Seguimos el viaje. No podíamos hacer otra cosa. Aclaramos lo que teníamos que aclarar aquel día. Como siempre, al anochecer, cuando la luna nos confería su resguardo.
Me confesó que había teorías con respecto a su linaje que ni él creía. Provenían de una especie ya extinguida hacía siglos. Sus antepasados eran inmortales, pero comenzaron a tener hijos con los mortales hasta que todo pasó. Su rama dinástica no estaba demasiado modificada, habiéndoseles concedido una vida más longeva que al resto de los mortales, aunque esto no significaba que viviesen para siempre. En cierto modo era algo parecido a lo de las Cae, que vivían hasta que el Mundo no las necesitaba y dspués dejaban todo en manos de su sucesora. Me dijo que, en principio, la dinastía Cae y la suya propia eran las mismas, pero que aquello era muy relativo porque nadie había dejado que constase en ningún sitio, ni nadie había vivido tanto como para asegurarlo. Me dijo también que se casó por primera vez a los treinta años, lo que le situaba en una edad cercana a los setenta. Dijo también que no envejecían por eso, por el don longevo que se les había atribuído. Era como si el tiempo pasase más despacio en sus cuerpos. A sus setenta tenía el aspecto de un joven de unos veintitrés años, como me había dicho aquel día. Confundía un poco, pero tampoco era tan difícil.
-¿La querías? - le pregunté.
No hizo falta que indicase a quién. Lo pensó un poco.
-No lo sé – no parecía mentir, aunque ya no me fiaba con la misma facilidad.
A lo mejor se le había olvidado. Decían que el tiempo lo diluye todo. Y en todo también entra el amor, ya sea para bien o para mal.
Después de haberme confesado la mentira fuimos al camarote de mi primo. Decidiríamos el siguiente paso a dar.
-Evitaremos volver a Dovehar. O al menos lo evitareis vosotros.
Los tres estábamos de acuerdo en eso. No volveríamos a no ser que no hubiese otra opción. Así es que sólo nos quedaba irnos por donde habíamos venido. Y habíamos venido para nada, para darnos la vuelta. Por una parte me alegraba. Volvería a ver a Esmeralda, ya con su marido. Volvería a ver a mi madre, y a mis hermanos y, por mucho que me costase, me enfrentaría a mi padre. Les echaba de menos a todos. Anunque sabía las cosas habrían cambiado cuando llegase, de forma paralela, tendría que afrontar mi deber igualmente, aunque no fuese con aquel conde. Al final el viaje iba a ser en vano. Pero la parte negativa era que me separaría de Evarion. Nos separaría todo, el tiempo, el espacio, el olvido. No quería que me pasase como a ella, que había sido, sin duda alguna, mucho más de lo que podría llegar a ser nunca. Y el tiempo la había borrado. Ya no se acordaba de su la quería... Empecé a apiadarme de él.
Según nos había explicado Willham, ellos tenían que desembarcar unas mercancías cerca de la desembocadura del río Yelnam, que quedaba considerablemente cerca de mi norte. Evarion y yo iríamos hasta allí y después él se volvería a su Noverim. El plan estaba bastante claro. Ambos aceptamos, tampoco estábamos en condiciones de protestar por nada. Me estaban buscando, lo mejor era hacerse caso de los expertos. Y si ese experto era el único de los piratas incapaz de traicionarme, mejor que mejor. Así es que navegamos, navegamos por cinco días a bordo del barco de Willham. Normalmente Amybell y yo preparábamos la comida en la cocina. Willham decía que era el único motivo por el que la había dejado acompañarnos, porque se le daba tremendamente bien cocinar. Nos pasábamos las dos horas y horas encerradas en la cocina entre aquellos fogones de hierro que humeaban como volcanes.
-Estais distintos – dijo un día, de manera distraída.
No me enteré bien, o sí pero no quise enterarme, así es que ella volvió a repetirlo.
-Evarion y tú – explicó mientras pelábamos patatas -, que estáis distantes. La noche que huístes apenas os separasteis. Y ahora casi ni os mirais, porque tenéis que compartir habitación, que sino cualquiera diria que no os conoceis.
-Oh, eso – no sabía muy bien si contarselo era lo correcto.
-No pienses que trabajar en esa taberna de mala muerte no trae sus frutos fuera del dinero, allí aprendí a saber cuando la gente tiene un buen o un mal día solo por la forma de mirar, o la demoverse, o la de hablar. Con el tiempo sólo hace falta que parpadeen para que lo sepas.
Nos callamos las dos unos minutos, con el ruido de los cuchillos al separar la cáscara de la patata y la misma caer al suelo.
-Si necesitas contárselo a alguien, aquí me tienes. Ahora somos familia.
No sabía porqué aquella muchacha despertaba aquella simpartía y aquel interés hacia mí. Apenas era mayor que yo, pero se comportaba como una madre. Tiempo después supe que su madre había muerto cuando ella y su hermano eran muy pequeños, así es que tuvo que adoptar su papel, del que ya a duras penas era capaz de desprenderse.
-Me mintió – dije acabando de pelar una patata.
-Y tan grave es como para que ni os hableis – afirmó ella.
-No... No lo sé. Es que... No sé como reacciónar, Amybell. Verás... Es que estaba casado.
Ella paró de pelar al instante y me miró fijo. Yo tenía mi mirada entre las cáscaras esparcidas por el suelo.
-De acuerdo que ya no... Pero es que también me mintió sobre su edad. Se casó y perdió a su esposa hace casi cuarenta años.
-Eso es imposible – dijo ella tras una pausa que utilizó para alcanzarme otra patata -, si es un crío. Vamos, que no tendrá ni la mitad.
-Casi el doble – apunté.
-Sin duda este mundo está habitado por seres de lo más extravagantes.
Se hizo un pequeño silencio.
-Así es que no sé qué hacer.
Otro silencio, esta vez más largo. Mucho más largo. Se me hacía irrespirable. Me asfixiaba entre tanto silencio y tanto agobio.
-Yo creo que no merece la pena enfadarse – dijo ella -. Es algo que pasó hace mucho tiempo. Tendría sus razones para ocultártelo. Seguro que él anda más azorado que tú por ver cuándo vas a volver a dirigirle la palabra como antes. No dejes que se te pierda. He visto como te mira – susurró, arrancándome una sonrisa.
“He visto como te mira”.
¿Cómo me miraba? Aquello me tuvo todo el día dandole vueltas, fuese a donde fuese esa frase iba conmigo. Ahora la azorada era yo. No podía dejar de pensar en sus ojos imposibles siguiendo mi rastro. La sola idea hacía que se me sonrojasen las mejillas. ¿Y si era verdad? ¿Y si él también lo sentía? Pero no tenía valor suficiente para preguntárselo, ni para confesárselo. ¿Por qué siempre tenía que pasar lo mismo?
¿Daba igual? ¡No! ¡¿Cómo iba a dar igual?! Lo único de lo que estaba segura era de que era inútil devanarme los sesos sin obtener un poco de valor para al menos insinuar las cosas. Aunque parecía que desde fuera las vistas eran más positivas. Pero por dentro, al menos por mi pare, las espectativas de cualquier cosa eran casi nulas. Él, príncipe heredero de cerca de setenta años – puntualicemos -. Yo, una jovenzuela sin experiencia que se había escapado por no querer reunirse con su destino. Él, ansioso de poder volver a vivir después de aquellas desgracias. Yo, la máxima representante de la estupidez. Me había costado darme cuenta, pero lo había hecho. Y ahora todo se estaba desmoronando. No debía de quererle. No sabía lo que sentía. No quería saberlo. Era más fácil así.
Otra vez llegó la noche. Y otra vez tendríamos que volver a dormir bajo el mismo techo y en la misma cama.
-¿Cómo está tu brazo?
-Bien... - dijo él. Parecía que no había terminado de hablar.
Odiaba aquellos silencios que ninguno de los dos se atrevía a romper, aquellos que se podían palpar en el aire.
Aquella noche volví a dormirme sobre su pecho. Entonces supe, supimos, que las cosas iban verdaderamente bien.

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Jue Ago 21, 2008 1:18 am

Vaya, es algo así como los Dunedain? Mola.
Esta historia me encanta, y quiero saber el final ya, pero a la vez no quiero que se acabe... que frustrante, Razz
Espero que tu Musa siga por ahí pq yo qaquiero más.

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Sáb Ago 30, 2008 9:00 pm

El amor triunfaraa!!! XD esta muy bien continualo n_n
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Dom Ago 31, 2008 1:18 am

Lo siento por tener este fic un poco abandonado, pero es que no sabía como seguir. Acabo de terminar el capítulo. Es corto, pero bueno, el siguiente será mejor.
El final está cerca, o al menos más cerca que cuando empezamos XD
Gracias por pasaros y comentar, chicas Wink Very Happy

XII – A tierra firme.
Amybell sonreía al día siguiente, cuando bajé a la cocina para ayudarla con la comida, como todos los días.
-Ya está solucionado - me sonó a afirmación en vez de a pregunta.
Asentí, sin más. Me bastaba con eso.
-Pero no habeis hecho oficial nada, ¿verdad?
-¿Por qué...? - dejé la pregunta a medio formular.
-Porque se os nota en la cara, querida, simplemente se os nota en la cara. Y, la verdad, no sé para cuándo lo queréis dejar.
Me ruborizaba ante las palabras de Amybell, era una manera demasiado directa de decirlo, pero nos hacía falta.
-Qué más da – dije, distraída, echando un vistazo a la cazuela.
Y ella sonreía. Desde que embarcamos parecía que había envejecido, o al menos me daba a mi la sensación al presentárseme de una manera tan maternal.
Alguien nos avisó de que pronto llegaríamos a tierra firme.
Subí a cubierta para informarme mejor. Me encontré allí con Willham y Evarion, que exploraban a fondo un mapa.
-Os dejaremos por aquí, en esta bahía. No suele estar transitada. Algún pescador, pero poco más. Confío en que desde ahí podáis llegar a Noverim con facilidad. ¿Qué te parece, Íobrel? - Willham se dirigió a mí incluso antes de que hubiese llegado a su altura.
-Supongo que bien – dije, sonriendo.
-Entonces perfecto. Os llevaremos en un bote hasta la orilla, está noche. Ya se sabe que la luna está a nuestro favor.
Y se fue alegremente con la excusa de que todavía no había desayunado para ver a su amada. Evarion y yo nos dirigimos a la baranda para poder ver el mar.
-Así es que se acabó – pensé -. No, todavía queda camino... ¡Qué más da!
Sí, ahora todo daba igual. Ya nos ocuparíamos de los cabos sin atar cuando llegásemos a aquella orilla que nos esperaba.
Hice el equipaje despacio, con cierto pesar. Se acababa nuestra estancia sobre el mar.
Bajamos del barco para ir a dar al bote que nos llevaría hasta la orilla, prácticamente a oscuras. Sólo teníamos la luz de un pequeño farolillo. Por suerte no llevábamos a penas equipaje. Lo malo era que nos habíamos quedado sin caballos, pero ya nos las apañaríamos.
Los remos del bote se hundían en el agua oscura haciendo hondas en ella. Despacio, una y otra vez. No se veía nada más que lo que la luz del farolillo abarcaba. Poco a poco vimos la costa recortarse, despejada. El bote entró suavemente en la arena para que pudiesemos tomar al fin tierra firme. Me daba la sensación de que el suelo se movia al bajarme de allí, se balanceaba levemente, acunándome. El agua acaricio mis pies desnudos y la arena corría entre los dedos. Los bajos de la falda se mojaban un poco. Willham sostenía el farolillo y un mapa que tendió sobre la arena. Nos explicó dónde estabamos y hacia dónde deberíamos ir. Parecía una distancia tan corta en el mapa. Volvio a subir al bote con otro de sus hombres para volver al barco, después de desearnos suerte en el viaje. No sabía cómo iba a agradecerles todo aquello. Me dijo que fuesemos a visitarles de vez en cuando, aunque de manera discreta. Y se fue con una mirada cómplice. Vimos alejarse la luz del farolillo y después trepar por el barco hasta extinguirse. Se pasaron allí toda la noche, aunque no diesen señales de ello. Sabía bien que no se irían hasta que no nos viesen, con la luz de la mañana, desaparecer entre los acantilados que bordeaban la pequeña playa.
Evarion y yo encendimos un pequeño fuego. Suficiente para calentar, pero fácil de apagar si se daba el caso. Pasaríamos la noche en la playa y retomaríamos el camino al amanecer. Lo habíamos hablado lo suficiente como para estar totalmete seguros de que era lo mejor. Dormimos por turnos, como solíamos hacer cuando pasabamos la noche a la intemperie.
-¿Qué vamos a hacer sin caballos? - dijo Evarion.
-Andar. Y lo más deprisa que podamos.
-Muy graciosa.
-Va enserio, Evarion. No sé tú, pero a mi no me apetece estar demasiado al descubierto.
Fueron de las últimas palabras que pronunciamos ese día, antes de emprender el camino de regreso. No iba a ser tan difícil. Lo peor sería separarse. Volvería a verlo, estaba segura. Si no lo hacía no me lo perdonaría a mi misma nunca. Sería un error de esos que, por más vueltas que le dieses, no tiene solución.

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Dom Ago 31, 2008 1:51 am

Pero pq se empeñan en separarse, no hay nada que les obligue a ello. En realidad estarían muy bien juntitos, en el reino de él, o en cualquier otro lugar.

Me encanta esta historia.

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Dom Ago 31, 2008 9:13 pm

Coincido con Netzara totalmente n_n
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Vie Sep 05, 2008 12:29 am

Bueno, ahora van a tener que estar más juntos que nunca.
Gracias por comentar Wink

XII – Buscando el callejón de la salida.
Era mi turno de vigilancia, aunque sabía que él no estaba dormido como yo no había dormido durante su turno. Miré fijamente el mar a través de las llamas de la pequeña hogera. El oleaje iba y venía, provocando al sueño con su arrullo. De vez en cuando veíamos alguna luz proveniente del barco, que se apagaba con la misma fugacidad con la que se encendía. De repente, un ruido apagado por las olas. Giré un poco la cabeza, intentando ver algo en la dirección de donde me parecía que venía el ruido. Nada, demasiadas sombras. Volvió a repetirse.
-Evarion – dije acercándome a él -, ¿has oído eso?
-Apaga el fuego – murumuró. Estaba completamente despierto, como yo había pensado.
Le hice caso sin rechistar mientras él se ponía en guardia. Sacó una pistola del cinto. Willham le había enseñado a cargarla y disparar en aquellos días. Al verle, eché mano a la mía, escondida entre el equipaje. La cargué y la puse a punto. Dudaba de que diese en cualquier blanco. Al fin y al cabo, aquellas armas de los piratas eran más útiles como porras que como algo con lo que hacer puntería. Pero al menos de algo serviría. La gente todavía no estaba acostumbrada ellas y les cogería de imprevisto.
Nos cubrimos las espaldas automáticamente el uno al otro. Excrutamos la oscuridad en silencio. A penas se oían nuestras respiraciones. El oleaje lo invadía todo. Lo bueno de estar en la playa es que oiríamos a alguien acercarse con el ruido de las pisadas. Pero no había nada. No escuchamos ni un ruido más. Fuese lo que fuese, se había ido o había decidido posponer su ataque. No sabía cual de las dos cosas me intranquilizaba más.
Pasamos lo que quedaba de noche espalda contra espalda, intentando combatir el sueño como podíamos. Cuando el sol empezó a despuntar en el este, vimo al barco zarpar lentamete de nuevo. Así es que nos habíamos quedado solos, otra vez. Cuando la claridad se empezó a extender inspeccioné la playa con la mirada. Era una playita pequeña, bordeada de acantilados a ambos lados y alguna que otra cueva. Entre los acantilados se podía ver una pequeña vereda. La seguiríamos. Willham se había encargado de darnos los detalles del terreno y era lo mejor que podíamos hacer. Nos pusimos en marcha.
La vereda ascendía por el acantilado. Un camino sinuoso se describía entre aquellas piedras. A menudo se desprendía alguna chiquitita. Lo cual no me gustaba demasiado. Por un momento, me alegré de no llevar caballos. No hubiesemos podido pasar con ellos por algunos sitios del pasillo de rocas. De vez en cuando alguna cueva. La noche se nos volvió a echar encima. No me gustaba la longitud de aquel camino. Me daba la sensación de que nos perdíamos a cada paso. Y en aquella ocasión la brújula sólo nos serviría para dar marcha atrás y encontrarnos con lo mismo al mirar alante. Buscamos una de aquellas cuevas del camino y entramos, dispuestos al menos a pasar la noche a cubierto. Encendimos una hogera para calentarnos en aquel enorme túnel del que desconocíamos la salida.
-¿Hacemos turnos?
-No creo que haga falta, ¿no? - contesté.
-No, yo tampoco.
Así es que nos tumbamos a dormir con el calor de las llamas. Se estaba bien, aunque el olor a salitre se me había metido en la nariz y el ruido de la noche anterior en la cabeza. Por suerte o por desgracia, el sueño era más fuerte que cualquiera de aquellas dos cosas, incluso juntas. Me quedé dormida. Nos quedamos dormidos. Había algo, aparte del sopor producido por el calor, que nos inducía a dormirnos. Era algo... Indescriptible.
No soñaba. Hacía semanas que no soñaba. Sólo oscuridad. Quizá fuese un aviso de lo que vendría. Solo oscuridad. Concluí en que no me gustaba aquello.
Me despertó el fragor de un ruido. Como de el perrillo de la pistola al accionarse. Lo primero que vi fueron las llamas consumidas, las brasas iluminando ténuemente dos figuras. Los ojos no se me acostumbraban a la iluminación. Por fin pude distinguir dos siluetas. Una agazapada junto al equipaje. Otra de pie, imponente, con el brazo extendido y un arma apuntando a la primera. Distinguí a lo poco a Evarion en pie, con la pistola cargada en una mano y la espada en la otra. No conseguía distinguir a la otra figura. Cogí una rama aún prendida y me acerqué por la espalda de Evarion. Me quise acercar a la criatura, aún sin distinguir entre la penumbra. Él me lo impidió agarrándome del brazo. Su expresión era severa. Observé a aquel ser desde donde se me permitía. Era... No sabía decirlo. No podría decir su sexo, ni su edad. La cabeza se componía de una maraña de pelo sucio y enredado. El cuerpo, cubierto por una gruesa piel, que dejaba ver al final de ella unas manos y unas piernas raquíticas. No obstante, parecía tener forma humana. Llevaba algo escondido entre las manos.
-Suéltalo – dijo Evarion.
Caí en la cuenta de que creía que era algo nuestro, y no es que andásemos sobrados de pertenencias.
-Déjame intentarlo.
-Íobrel.
Le miré suplicante. Él suspiró y no puso más objeciones. Me acerqué a la criatura, con la rama prendida en la mano. Se encogió ante la luz. No debía de estar acostumbrado. No podía encogerse más en el suelo. Resultaba insignificante. Sólo faltaba que se le tragase la tierra. Toqué una de sus andrajosas manos con la punta de los dedos. Intentó alejarse ante el contacto. Le busqué los ojos entre el enmarañado pelo. Allí estaban, oscuros, suplicantes, temerosos. Negué con la cabeza. No sabía si iba a entender que no le iba a hacer nada.
-Evarion, dame un poco de pan.
-¿Qué...?
-¡Hazlo!
Me acercó un mendrugo de pan. Se lo tendí a la criatura. Se lo pensó. Sus ojos asustados iban de mi al mendrugo de pan, y de vez en cuando se dirigían a Evarion, aún con las armas en las manos. ¿Qué iba a hacernos aquel ser indefenso? Insistí en que lo cogiese. Al fin lo hizo, y salió corriendo en dirección a la profundidad de la cueva.
-¿Por qué has hecho eso?
-Volverá.
Al poco rato se oyó un sonido gutural. Como una negación, una represalia. Me encogí al lado de Evarion. Nos habíamos sentado con la espalda pegada a la pared, para poder ver si venia alguien por ambos lados del tunel. El sonido volvió a repetirse, esta vez más cerca. Se nos tensaron los músculos al ponerse en guardia. Aquello no lo podía haber producido el ser de antes. Era imposible que saliese de aquel cuerpo maltrecho. Vimos aparecer al fin dos figuras de la dirección en que se había ido la otra. Una de ellas era la que había estado antes allí. Y la otra era más grande, más corpulenta. Andaban enconrvados. Por un momento me recordaron a los trasgos. Pero no. No eran trasgos. Eran más... humanos. La figura alta se apoyaba en una rama larga y delgada, haciendo de bastón. Agtó la vara en nuestra dirección, indicándole a la figura menuda que se acercase a nosotros. Lo hizo, sin rechistar. Anduvo lenta y pesadamente. Nada comparado con la facilidad con la que había desaparecido con el pan. Nos mostró lo que llevaba en la mano. Lo que Evarion creía que era nuestro. Una bola de cristal, increíblemente reluciente. No tenía color, pero no era del todo transparente. Las llamas de la hogera pasaban por ella produciendo colores extraños. De pronto la luz se desbordó. Me cegaba. Todo se componía de una luz blanca. Poco a poco se fueron modelando siluetas y las imágenes se vieron con más nitidez. La boda de Esmeralda. La muerte de la reina Caerimba. La ascensión al trono de Caerena. Todo iba bien sin nosotros. Pero se nubló. Las nubes no dejaban a la luz blanca avanzar. Se oscureció rapidamente el paisaje. Noverim a oscuras. Su bosque. Sus gentes. El esposo de Esmeralda había tomado el poder ejerciendo la tiranía sobre el pueblo y los propios soberanos. La criatura volvió a esconder la bola y volvió a irse al lado del otro. El del bastón emitió un gruñido a modo de despedida y se fueron por donde habían venido, o al menos se apartaron de nuestra vista.
Me encontré con el semblante desolado de Evarion. Era su hogar. Y cuando volviese no habría nada. Nada estaba como lo dejó. Como lo dejamos. Aunque era en menor medida, también me unía algo a aquel reino. Les debía, como aquel quien dice, la vida.
-Tenemos que irnos – murmuró.

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Sáb Sep 06, 2008 12:34 am

Por si no tenían suficiente.

Haber: A ella la persigue su prometido despechado, que por cierto es un capullo, seguro. Él, que hasta ahora eludía sus responsabilidades, se da cuenta que por culpa de ello su reino a caido en manos de un desgraciado avaricioso y corrupto, que no solo a destronado a su padre, sino que tb debe de haber sometido a su hermana. Por todo esto ella tb debe culparse, pq si él no la hubiera acompañado, lo hubiera podido evitar... les queda el consuelo de que tal vez las gentes del bosque les puedan echar una mano, contra la amenaza de su reino... quien sabe tal vez Caerena les ayude, su Reino no queda tan lejos del de él. Y luego están los seres de las cuevas, que por lo menos son superagradecidos.

uff!! que chunga está la cosa. Mola!!!!

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Lun Sep 08, 2008 11:22 am

hola chicas.

Ya estoy de vuelta.

Todos los capitulos geniales.

cada vez lo estas poniendo con mas misterio.

Que le deparara el viaje ahora que van otra vez solos.

Y el es inmortal guauuuuuuuuuuuuuuu.

y ella no le pasara algo raro,pues de algunas cosas no se acuerda.

ya nos lo diras.

siguo diciendo que es una pena que no se pase mas gente a leer esto,somos poquisimas,pero tu continua que esta fenomenal.

Besos.
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Miér Sep 10, 2008 11:50 pm

Gracias por pasaros y comentar, chicas. Wink

Ya se irá complicando la cosa, un poquito más, porque no creo que quede demasiado. La mitad de la historia más o menos ya está.

XIV – Culpabilidad era la palabra.
Evarion cargó todo a prisa. Nos lo quedaríamos todo por el camino. Estaba completamente segura.
-¿Y si no es verdad? - casi grité.
No esperaba que me escuchase.
-¿Y si sí lo es? - dijo cargandose al hombro una mochila con su equipaje.
-No podemos fiarnos de alguien que, bueno... ¡Ni siquiera sabemos lo que son!
Él se volteó hacia mí con tal rapidez que me quedé paralizada.
-¡Me quieres decir qué diablos más da! ¿eh? - vociferó.
No contesté. Sabía cuando tenía que callarme, aunque a veces lo hiciese demasiado tarde. Así es que cogí mis cosas, me las eché al hombro y enfilé hacia la entrada de la cueva. Anduvimos en silencio hasta la salida del desfiladero. Yo procuraba no levantar demasiado la vista del suelo, ni hablar más de lo adecuado.
Había vuelto a sacar las botas. No podía andar con las sandalias en medio de tanta piedra. Era como andar prácticamente descalza. Las botas eran algo más comodas, aunque al final de cada jornada tuviese los pies igual de destrozados.
Pensaba. Eso fue lo que hice durante todo el recorrido. Pensaba y no era consciente de las horas, a penas del cansacio, ni de los días. Simplemente pensaba y aquello me comía por dentro. Sabía que estaba mal, que las cosas habían dado un giro de 180 grados, que iban de mal en peor. Asquerosos problemas. ¿Por qué tenía que ser todo tan complicado? ¿Qué habíamos hecho nosotros? Iba a darnos lo mismo, todo el mundo es desgraciado en algún aspecto de la vida, algunos más que otros, se enteraban más tarde, o simplemente no se enteraban, viviendo en su nube hasta que la Muerte les venía recoger y ellos todavía no habían bajado, pero al fin y al cabo eramos todos.
El desfinadero terminó.El paisaje había cambiado. Dejamos las sórdidas y áridas rocas para internarnos en una dehesa plagada de hierba. Hierva verde, como si lloviese prácticamente a diario, o no diese el suficiente sol para que se secase. Ya no había paisaje marino por ningún sitio. Hasta el olor a salitre se había desvanecido, instalándose el de la tierra húmeda. Me sentía un poco más en casa. Aunque fuese mínimamente. No había un sitio donde meternos a resguardo en kilómetros. O al menos no sabíamos de nada. Era una dehesa bastante despoblada. Tierra de nadie, supongo. Ni había ganado, ni frutales a penas, ni nada. Todo completamente salvaje.
Anduvimos por donde creímos que era el camino correcto. No iríamos muy desencaminados. Aunque aquella estúpida brújula que no señalaba al norte no nos servía ahora de nada. Las nuves se volvían más densas. Me paré al lado del tronco de un árbol. Sólo necesitaba parar unos segundos. Evarion aún andó unos pocos pasos. Se paró al ver que no le seguía.
-¿Paramos?
Negué con la cabeza. Podía seguir. Lo malo era que iba a llover, y a aquel paso nos cogería a descubierto.
-Íobrel, paramos.
-No, no. Puedo seguir, en serio.
Así que seguimos. Caminamos entre toda aquella maleza. Me pareció vislumbrar algo entre los arbustos. Madera. Tablas de madera muy juntas. Formaban muros. A medida que nos acercábamos había más. Una valla. Y dentro del perímetro una casita con las mismas tablas. Nos miramos, como preguntando el uno al otro qué hacíamos. Al final entramos. Pasamos la valla y llamamos a la puerta. No contestó nadie. Tardamos un rato en comprender que no iban a contestar. Miramos por una ventana y no había rastros de vida allí desde hacía mucho tiempo. De modo que entramos. Había bastante polvo, pero nada que no fuese soportable. Los muebles de madera y latón. Era sólo una habitación. Una pequeña cocina a una esquina, con una mesa y un par de sillas al lado de la chimenea. A la otra punta un jergón maltrecho y un armario entreabierto y vacío. Las ventanas, polvorientas, daban el aspecto de tristeza a lo que veías a través de ellas. Pero al fin y al cabo la descripción exacta era “pequeña pero acogedora”. No estaba del todo mal. Nos quedaríamos allí aquella noche y luego seguiríamos. Cuanto antes nos fuesemos, antes llegaríamos.
Me acerqué a una ventana y le quité el polvo con la mano. Si el día hubiese sido favorable, la vista del exterior hubiese sido incluso alentadora. Pero el día tenía que acompañar los sentimientos. Al fin las primeras gotas chocaron contra la ventana. El frío entraba por las rendijas de la puerta y las ventanas y se colaba por la chimenea. Me froté los brazos intentando entrar en calor mientras buscaba una chaqueta en el equipaje. Estábamos callados, cada uno pensando en nuestras cosas, que probablemente eran las mismas en ambos. ¿Qué iba a pasar después? ¿Quién sería aquel tirano? Tirano... Me recordó al libro de Esmeralda. Era curioso, el libro parecía tan... tan real. Pero no me dejaba a mi misma ver más allá de una idea que me rondaba la cabeza: yo tenía la culpa de todo aquello. Me oprimía, desviando toda posibilidad de que fuese de otra manera, desviando cualquier otro pensamiento. Miré a Evarion, sentado en el jergón, con la cabeza entre las manos, los ojos fijos en un suelo que no estaba allí en su mente. De repente empecé a llorar. Pensé que podía evitarlo, tragarme las lágrimas y fingir que no pasaba nada. Pero no pude. Una lágrima resbaló débilmente por mi mejilla. Ni siquiera había sollozado, simplemente, la diminuta lágrima caía, pero Evarion se dio cuenta. Se acercó a mi, yo bajé la cabeza.
-Eh – murmuró mientras me cogía de la barbilla-, ¿qué pasa?
No me salían las palabras. A decir verdad, se arremolinaban todas en mi garganta para morir antes de ser pronunciadas. Sabía que como mucho me iban a salir un par de gimoteos ahogados por las lágrimas.
-Es culpa mía – logré decir al fin-. Si yo no me hubiese ido nunca me hubiesen atacado y tú no me habrías encontrado, y no te hubieses ido tú también, y ahora estarías con ellos.
Aquello que sentía se llamaba culpabilidad, con mayúsculas.
Evarion me atrajo hacia si mismo, rodeandome con los brazos cariñosamente, como quien consuela a un niño.
-No, no. En realidad vamos a salir de esta gracias a tí. ¿Quién iba a decirnos que el marido de Esmeralda iba a hacer eso? Y si todos estuviésemos allí entonces no habría nadie para sacarnos. ¿Me entiendes?
Asentí, con la cara húmeda pegada a su pecho. Sentí que abría la boca para decir algo más, pero no lo dijo. Quizás mejor así. Me sentía un poco mejor, pero no demasiado. Sólo era un consuelo, como otro cualquiera. Estaba totalmente convencida de que las cosas hubiesen sucedido de otra manera de no estar yo allí en medio. O, simplemente, no hubiesen sucedido.

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Jue Sep 11, 2008 1:19 pm

Pobrecita...

Las cosas pasan simpre por algun motivo y aunque parezca que son para mal, al final nos pueden llevar al meor de los destinos, no hay que desfallecer nunca, ni rendirse, pq al final del camino, por estrecho y oscuro que sea, siempre nos espera la felicidad (palabras de una optimista) Smile

Supongo que andas contando los días para empezar las clases... me imagino que la primera semana no actualizarás mucho, pero se te perdonará, mientras el finde postees, claro. XD

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Vie Sep 12, 2008 8:02 pm

Pobrecita que triste esta.

espero que algun dia encuentre la felicidad.

Me encanta como escribes.

Actualiza en cuanto puedas.
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Dom Sep 14, 2008 9:52 pm

Pobre mujer de verdad.. continuala cuando puedas n_n
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Miér Sep 24, 2008 9:26 pm

Gracias por la paciencia, de verdad. Ahora mismo pongo el siguiente capítulo. Espero avanzar más deprisa ahora (aunque como mucho quedan otros cinco o seis capítulos, así a bote pronto).

XV- ¿Huir?
Pusimos el mapa encima de la mesa de madera, a la espera de trazar una ruta segura, fiable y rápida. No nos valía la que habíamos hecho para ir a Dovehar. Nos encontrábamos ahora en una de las regiones más al este de la Isla, porque era una isla en donde vivíamos, fraccionada en numerosos reinos y ciudades. Así es que trazamos una nueva ruta, lejos de bosques misteriosos, puertos habitados por piratas y todo lo que nos pudiese parecer sospechoso para llegar a Noverim cuanto antes.
Llegamos a las afueras del pueblo más próximo. Y el plantearnos si entrar o no fue una discusión. El tirano podía tener gente que le informase en todos los núcleos urbanos. Pero necesitábamos provisiones y monturas. Teníamos que entrar.
Tuvimos la suerte de que fuese el día dedicado para el comercio. Los mercaderes de las otras comarcas iban al publo a ofrecer sus productos, así es que todo era un hervidero de gente. Pasaríamos desapercibidos entre el tumuto. Compramos algo de comida, lo suficiente para el resto del viaje, aunque luego no teníamos suficiente dinero siquiera para un caballo. Nos habíamos parado a mirar la subasta de monturas, sabedores de que no podíamos adquirir ninguna, o al menos no por medios, digamos, honrados.
-Vamos a tener que robarlos – dije a Evarion.
-¿Cómo que robarlos?
-Pues eso, robarlos. O tomarlos prestados, luegos los vuelves a mandar aquí.
-No digas bobadas.
-Mira – señalé sutilmente a un hombre delgado y de buen parecer que abría la subasta de su quinta pieza -, seguro que ese no echa en falta a ninguno si nos llevamos dos. He estado escuchando a un par de hombres hablar sobre él. Tiene un servicio de mensajería. Si adquiere este, se llevará seis monturas. No creo que por dos nos vaya a montar un número.
-Estas loca – murmuró.
-Pero no me negarás que no es mala idea.
Anduvimos detrás del hombre y dos de sus ayudantes, que portaban a los caballos junto a otro par de esclavos. Entraron los ayudantes y los esclavos en una cuadra, yéndose el señor a desviar hacia un portalón que conducía a la oficina. En la cuadra marcaron a los caballos con el sello del servicio de mensajería, los ensillaron,los dejaron allí atados y se fueron. Eché un sutil vistazo adentro a través de la puerta entreabierta. Sólo había un mozo vigilando los caballos. Le hice una señal a Evarion con la cabeza, indicándole que iba a entrar. No me quedé a mirar su reacción, sabía que iba a ser mejor no verla. El muchacho, quizá un año o dos menor que yo, se dio cuenta en seguida de que había entrado. Me preguntó qué quería.
-En realidad – dije -, sólo quiero mirar. Me han gustado desde siempre los caballos.
-Ah – dijo el otro.
Creo que era, con diferencia, el muchacho más bobalicón que había visto en mi vida. Volvió a sentarse en la silla donde estaba, curtiéndo un cinturón de piel, mientras yo me paseaba por entre los caballos eligiéndo a los que me iba a llevar. Una vez los hube elegido saqué el coraje de dónde fuese que le tenía escondido y até al mozo a la silla con el cinturón, después de amordazarle, claro. Crucé mis labios con el dedo índice, indicándole que guardara silencio. Y, con una sonrisa de triunfo, cogí los caballos y los saqué fuera de la cuadra, con cuidado de que no me viese nadie.
-Y es así – le dije a Evarion dándole las riendas de una de las monturas – como se toma prestado un caballo.
-Creo que era inecesario que amordazases así al pobre muchacho – dijo con un tono burlón que no me gustó demasiado.
De repente oimos unos gritos procedentes del interior de la cuadra.
-¡Eh! ¡Se han llevado dos caballos!
Miré a Evarion.Ambos montamos rápidamente y salimos al galope de la calle, sin dar tiempo a que nadie nos viese desde la puerta de la cuadra.
Galopamos por entre las calles hasta dar con una salida al oeste de la ciudad, que no caía muy lejos. Por suerte los caballos eran rápidos y no dio tiempo a que el rumor del robo se extendiese por las calles. El viento me azotaba la cara, haciendo que el pelo se volviese una maraña ondeando en el aire como una bandera. No paramos de cabalgar hasta que la muralla de la ciudad fue una línea borrosa en el horizonte. El corazón aún me latía velozmente cuando tiré de las riendas y el caballo aminoró el paso. Miré a Evarion. Él me miró. Sería por los nervios, por saber que habíamos salido de aquel pueblo con dos caballos robados y no parecía que nadie venía detrás de nosostros, o por lo que fuese, pero empezamos a reirnos a carcajada limpia.
-No sabía que podías hacer eso.
-Ni siquiera lo sabía yo – me disculpé.
No podríamos volver a entrar en ningún otro pueblo, al menos no con los caballos, porque el rumor se habría extendido y los caballos estaban marcados. Pero daba igual. Al fin y al cabo tampoco distaba tanto desde donde estábamos hasta Noverim. Calculamos aquella misma noche menos de una semana de camino a paso ligero.

Recorrimos otro buen trecho. Ganamos una distancia considerable con los caballos. Cuando ya caía el sol fue cuando decidimos parar a hacer noche. Atamos a los caballos en un árbol y empezamos con la rutina de todas las noches. Ya no podríamos volver a entrar en ningún pueblo hasta Noverim, no fuese a ser que lo de los caballos se hubiese extendido y por la marca supiesen que eran los nuestros. Parecía mentira, pero me sentía relajada, como si al haber cometido el robo hubiese descargado tensión, cuando debería haber sido al contrario. Así es que en aquel momento huíamos para volver al sitio de donde habíamos escapado. Demasiado paradójico, concluí.
Y en aquellas estábamos cuando las estrellas motearon el cielo azul oscuro, casi negro, y los párpados se me cerraron.

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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Jue Sep 25, 2008 12:10 pm

OHHHHHHHHHHHHHHHHHHH

Que chorizos robando caballos,pero la supervivencia manda.

Aunque solo te queden 5-6 capitulos espero que siguas escribiendo otras cosas.

Me encanta como lo haces.
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MensajeTema: Re: Recuerdos que duelen   Jue Sep 25, 2008 5:49 pm

Buenas!!!

Pues muy bobalicón tenía que ser el tío... XD

Espero que los estudios no te quiten de escribir... ni al revés.

Cuidate guapísima.

Kisses XXX
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